domingo, 31 de diciembre de 2017
PESPITA
martes, 25 de octubre de 2011
La muerte viene dulce, como la chicha
A pesar del reumatismo y del dolor de rodillas y de todas las coyunturas, la abuela Mercedes, desde comienzos de año, pensaba entusiasmada en la celebración de su cumpleaños número setenta y tres y se lo participaba a su vecina y comadre doña Doralisa Seminario, con quien no paraba de hablar por horas, desde que caía el sol y se refrescaba un poco la tarde, hasta muy entrada la noche en que, asustadas por el ulular de las lechuzas, recogían las perezosas, se persignaban y se decían hasta mañana comadrita. Así estuvieron todas las noches de ese verano seco, sin lluvias, rogando que lloviera para que no fuera otro año como los anteriores. San José nunca nos abandona, siempre llueve para el 19 de marzo, por lo menos una pasadita de nubes. Sí pues vecina, ya es tiempo de que el Señor se apiade de nosotros.
Desde su matrimonio con Alejandro Valdivieso, este, amante de las fiestas, bailes y jolgorios, no dejó pasar ningún cumpleaños por celebrar, con sus siete días reglamentarios: la antevíspera, la víspera, el santo, la joroba, la recorcova, el jorobete y el andavete.
¡Y estas mujeres qué tanto hablarán todas las noches!, se quejaba don Alejandro Valdivieso, cosas de mujeres le respondían las dos a la vez, entonces manden a jugar al muchacho que se queda como embobado escuchándolas hablar, ven toma una peseta y ándate al circo Jorgito, no papá, ya fui cuatro veces y siempre repiten lo mismo. ¿Y acaso estas mujeres no repiten lo mismo?
Y ellas no le hacían caso y seguían hablando de comidas diferentes para cada día. Doralisa Seminario muchas veces dejaba pasar algunas cosas repetidas que decía la abuela Mercedes; comprendía que desde hacía varios años tenía olvidos frecuentes. Para la antevíspera haremos unos tamalitos de choclo verde, contrataremos a Osquitar el guitarrista y que él mismo se consiga una banda para bailar unas cumbias, tonderos y huaynos, decía la abuela Mercedes, y tú Doralisa, con tus dos tinajas de chicha no te va a alcanzar, será mejor que te vayas para Simbilá y te traigas diez tinajones, cuarenta jarras de barro y por allí le digo al Alejo que me consiga unos potos para servir la chicha, total él lo único que hace es ir a la chacra a dormir, flojo me ha salido este hombre. Vamos a necesitar varias manos, solas las dos no podremos atender a toda la gente que va a llenar la casa. Le dices a María Candela que venga con tu hijo, yo le diré a mi Dora, a la Chabela y a los demás. Hasta el Eugenio puede ayudarnos a desgranar los choclos y los frejolitos verdes para el pepián. Y tus otros seis hijos nos pueden echar una mano, siempre te he dicho que eres una loca al ponerles el mismo nombre a todos tus siete hijos.
Y de no haber ocurrido la desgracia de la muerte de Domingo Seminario, el hijo mayor de Doralisa Seminario, ellas habrían seguido hablando y haciendo planes para el cumpleaños de la abuela Mercedes.
Para el día de San José se vino un aguacero que nadie lo esperaba. Inundó casas, malogró las pocas plantas que quedaban en pie y el río trajo multitud de ramas, plátanos desgajados de raíz, alguna res muerta con la panza arriba y partes de una choza con un gallo cantando encima. Una semana después de la desgracia encontraron el cuerpo de Domingo, completamente hinchado, irreconocible. Y antes de que lo despanzurraran los gallinazos, lo llevaron a la pequeña morgue junto a la capilla dentro del cementerio para que don Heráclito Seminario le realizara la autopsia de ley. Los seis hermanos lo cargaron a casa, lo acomodaron en un ataúd del doble de lo normal y, sin las exequias correspondientes, lo enterraron de inmediato debido al avanzado estado de putrefacción. Esta vez no hubo las lloronas que acompañaban a los difuntos hasta su última morada, solamente una pequeña banda tocando música de pena.
Cavaron una fosa grande y ya estaban bajando el cajón cuando algunos de los presentes, asustados, llorando, pidieron que no se lo enterrara con las manos entrecruzadas, que se las soltaran y se las pusieran a los costados, si no lo hacían, el difunto se llevaría al resto de la familia. Uno de los hermanos se armó de valor, le descruzó los brazos, le estiró los dedos uno por uno y colocó los brazos a los costados sin creer mucho en esa superstición.
Aunque Doralisa Seminario llevaba puesta una mantilla negra, todos los que fueron al entierro se asombraron de que el negro azabache de su cabello hubiera dado paso al más blanco de los cabellos, casi parecido al de la abuela Mercedes. Algunos dijeron que era por la pena.
Doralisa Seminario no durmió durante los siete días que estuvo desaparecido su hijo más amado ni lo hizo hasta mucho después de que lo enterraran. Los seis hijos caminaban como sombras a su alrededor, como esperando una palabra o una orden de la madre. Lo primero que dijo fue: Domingo, alcánzame un jarro de agua. Y los seis hermanos se quedaron paralizados. No alcanzaron a distinguir el matiz de voz con que los llamaba. Y después de un momento de confusión, los seis se dirigieron a la tinaja de agua.
Varias personas, entre ellas el vendedor de sebo de culebras, le habían reclamado que por qué les colocaba de nombre Domingo a todos sus hijos, habiendo tantos nombres bonitos y tú pareces loca repitiendo el nombre en cada uno. ¿Es que no te acuerdas de que domingo era el día en que te veía en el mercado? Y ya sabes que aquí en Chulucanas todas tenemos un montón de hijos porque una nunca sabe, a veces viene una peste y te los mata a todos y te quedas más sola que alma en pena. Y además porque a mí me gusta y sanseacabó.
Y no les colocó un segundo nombre a los siete Domingos; lo que hizo fue acostumbrarlos a un matiz diferente de su voz y cada uno de los muchachos llegó a saber cuándo se dirigía a él. Por eso les pareció muy extraño cuando les pidió el jarro de agua en una forma que no le pertenecía sino al muerto. Entre ellos se gastaban bromas a solas llamándose por los apodos más inverosímiles que, por supuesto, no llegaban a oídos de la madre que decía que eso de ponerse sobrenombres era cosa de delincuentes.
Durante los tres primeros meses, Doralisa Seminario nunca salió de la casa y su cabello nunca volvió a tener el negro de antes. A fines de junio solo se asomó a la ventana cuando pasaron los Diablicos con Lencho a la cabeza y le pareció una repetición de tiempos pasados.
Se dirigió al corral, recogió los huevos más grandes, los puso en la canasta y tomó el camino de la casa de María Candela, teniendo cuidado esta vez de no pisar el asfalto, no fuera a suceder como cuando se asustó con una iguana enorme que pasó rápido por la carretera corriendo sobre sus uñas, el sol caía a plomo y el asfalto parecía melcocha, saltó descalza a la berma y desde allí miró a través de sus lágrimas cómo se derretían y desaparecían sus sandalias dentro del asfalto, mientras encima, los huevos desparramados chisporroteaban sobre la pista haciendo globitos. Cuando cruzó el río vio una garza blanca en actitud inmóvil sobre una rama caída de sauce y, al regresar, dos horas después, la vio en la misma posición. Pensó, qué extraño animal, cómo no se cansa, parece una estatua.
Para el mes de agosto se dirigió al pueblo de alfareros de Simbilá con sus seis hijos, de donde regresó con un cargamento de dieciocho tinajones, cuarenta jarras de barro, ochenta potos, y más herramientas para hacer chicha como para un mes, trajo varios guas, humaz, cedazos, cucharas de madera, maíz especial, y todo lo necesario para preparar la chicha para el cumpleaños de la abuela Mercedes.
No, mujer, este año no voy a celebrar mi cumpleaños, cómo has creído que con tanto dolor en tu corazón voy a permitir hacer bulla… —alcanzó a decir la abuela Mercedes antes de que la mano de Doralisa Seminario se posara sobre sus labios. Aunque yo esté de luto, no voy a dejar que arruines tu celebración, además ya compré todo para hacer la mejor chicha de Chulucanas, como para un mes. Vas a tener un cumpleaños como nunca lo has tenido. No acepto negativas, doña Mechita.
Veinte días antes de la antevíspera, Doralisa Seminario puso a remojar cuarenta quintales de maíz pachucho, los dejó cuatro días a la sombra para que germinaran y luego los asoleó cuatro días más sobre sábanas en el corral, cuidando de espantar a las gallinas no se fueran a atragantar con ese maíz que ya no era para pollos. Ayudada por sus seis hijos colocó en el batán el maíz asoleado y lo molió como harina gruesa. Ayúdenme a cubrir los espacios libres con las callanas para que no escape el fuego, les decía Doralisa a sus seis hijos, esta es la taberna más grande que he hecho, dieciocho tinajones en dos hileras, carbón de algarrobo, del bueno. Apenas hierva el agua me avisan para echarles el pachucho y nos vamos a turnar para cuidar el fuego, quiero cocinar la harina durante dos días, luego lo venteamos con el guas y con el humaz y lo enfriamos para masticar el afrecho, menos mal que todos tenemos la dentadura intacta. Luego no se olviden de remover constantemente con «la vieja», ese palo de zapote colgado encima de los tinajones. Todas las noches vamos a probar la chichita y cuando ya esté un poquito acidita la taqueamos, o sea la colamos y la hervimos durante dos días más. Volvemos a colar la chicha verde y la colocamos en los cántaros de fermentación. Ya ven, muchachos, hacer chicha es muy fácil. A mí no me vengan con querer echarle azúcar, plátanos, muñecos o patas de res.
Y la fiesta empezó y nadie más vio a Doralisa Seminario con vida. Los seis hijos se fueron desde el 22 en la madrugada para la casa de María Candela. No podían soportar que alguien estuviera riéndose y bailando cuando ellos estaban tan tristes por la muerte del hermano amado.
Don Heráclito Seminario calculó que Doralisa había fallecido el mismo día 24 de setiembre, el día del santo de la abuela Mercedes. Algunos afirmaron que la vieron servir el clarito para la antevíspera; para la víspera le pidió a su hermana Micaela Lalaquiz que le ayudara a repartir la chicha. El día del santo alguien aseguró haberla visto por la mañana, pero ya no por la tarde. Los demás días, los concurrentes, borrachos por la chicha, la música y la comida, armaban todo tipo de escándalos. Para la joroba sacaron plátanos maduros horneados y un delicioso copús bajo tierra. La recorcova fue salpicada con seco de res y los concurrentes notaron que la chicha estaba mucho más deliciosa que al comienzo. Y ni hablar para el día del jorobete, ni el arroz con pato ni los músicos calmaron los ánimos decaídos; más bien empezaron a tocar los pasillos más tristes jamás escuchados. El día del andavete por la tarde, cuando el pequeño Jorge se acercó a sacar una jarra de chicha, se extrañó de que estuviera más dulce que en el primer día y descubrió unas enormes hormigas translúcidas del color del ámbar, que vomitaban miel dentro de la chicha. Hizo el recorrido inverso de las hormigas que iban y venían en líneas paralelas, ordenadas, por detrás de los cántaros, por los recovecos de las paredes, por el canal del desagüe para las lluvias, por la pared del dormitorio principal, por el abrevadero de los burros, por los nidos de las gallinas, rodeando el tronco del naranjo en flor, siguiendo en línea recta hasta el fondo del corral, donde estaba el cuerpo extendido de Doralisa Seminario con una bacinica en una mano y la boca abierta por donde entraban y salían las hormigas luminosas.
martes, 16 de agosto de 2011
El nacimiento de Domingo Seminario / por David Arce

Ocho meses después de cumplir doce años, Doralisa Seminario, caminaba bamboleante con la panza enorme por las calles de Chulucanas. La gente le decía que iba a parir mellizos que muy grande tenía la barriga, que se pusiera una moneda de un sol de oro, de esos antiguos que en verdad eran de oro, para que no se le saliera el ombligo. Por la calle Amazonas camino al mercado, sintió el primer dolor lacerante en el vientre que muchas curiosas le advirtieron que era indicativo de que el parto era inminente. Entonces cambió de rumbo y se dirigió a la calle Tarapacá, donde quedaba el antiguo paradero hacia Morropón, y allí le fue diciendo a cada uno que se apeaba de su carreta que por favor le avisaran a su hermana Micaela Lalaquiz que viniera urgente a Chulucanas para que le asistiera en el parto. Y como ya estaba advertida de que estos menesteres los sufriría por lo menos una semana, se dirigió al mercado a comprar todo lo necesario como para no salir durante dos semanas de la casa, no sin antes pasar, con la esperanza de encontrar, por donde siempre acomodaba sus cachivaches, al vendedor de sebo de culebras, pero se regresó entristecida porque en vez de él estaba otro chuncho con las mismas culebras mantonas.
Y como quien dice, sin saber leer ni escribir, ella sola empezó los preparativos del parto. Lavó toda la ropa que pudo, dejó limpios los trastos, barrió el piso de tierra apisonada salpicándola con agua, mató ocho gallinas y las cecinó para que le duraran hasta después de dar a luz. El día en que los dolores de vientre se tornaron tan insoportables que parecía que le iban a desgarrar las carnes y que todavía tenía la secreta esperanza de que su hermana Micaela hubiera recibido a tiempo el encargo, tuvo el coraje de levantarse, llenar un tinajón de agua y ponerlo a hervir sobre las brasas, planchó las sábanas limpias, buscó la nueva tijera de acero inoxidable y la colocó cerca de las brasas para esterilizarla, no le fuera a dar tétanos al churre.
Los dolores empezaron a repetirse a cada rato y hasta le parecía que empezaban uno detrás de otro. De pronto sintió la barriga menos hinchada y como que una piedra se le hubiera deslizado hacia abajo. Tengo ganas de cagar, pensó. Pero se asustó porque no fuera a ser que en esos menesteres se le saliera el hijo que seguía pateando con fuerza.
Cuando Micaela Lalaquiz abrió la puerta de par en par llamando a su hermanita y nadie le respondió, encontró a la recién parida durmiendo el sueño de parturienta, con varias sábanas ensangrentadas entre las piernas, y junto a su pecho un churre recién nacido envuelto como un tamal chupando la teta como un bendito. A un costado todavía estaban la tijera y el balde con la placenta, quedándose asombrada de que nadie hubiera asistido en el parto a su hermana primeriza. Le preparó un caldo de gallina para parturienta, llevó a enterrar la placenta, lavó las sábanas, y como ya no tenía nada más que hacer, le vendó la cabeza a Doralisa con las recomendaciones de que no se sacara las vendas, no vaya a ser que te venga un sobreparto hermanita, no pujes, no levantes pesos, tampoco estés tocando agua por lo menos cuarenta días, vas a dejar que yo solamente te limpie con un trapito mojado, no estés comiendo limón ni mango ni tamarindo verde, fájate bien y para nada te levantes. No sabes cómo es esto, muchas mujeres han muerto por querer levantarse a los siete días de paridas y eso que ya tenían varios hijos. Y eso sí muchacha, no engrías a tu hijo porque si no, lo acostumbras mal. Ya sabes, leche materna hasta que se te sequen las tetas, nada más necesitan los churres, aquí he traído un poquito de miel de palo para mojarle los labios para que su vida le sea siempre dulce. Recién podrás darle algunas papillas a partir de los seis meses, si le das antes se puede llenar de ronchas para siempre. Y creo que puedes empezar a darle chicha solamente al año.
Se dirigió al horcón donde estaba colgado de un alambre el descolorido Almanaque Bristol, lo hojeó y exclamó contenta: «le corresponde llamarse Wenceslao porque ha nacido el 28 de setiembre», y mira esta corbatita que le has puesto, parece que va a ser cura.
¡No! —dijo secamente Doralisa Seminario—. Él se va a llamar Domingo. Y no le quiso dar explicaciones a su hermana.
©David Arce
