martes, 25 de octubre de 2011

La muerte viene dulce, como la chicha

A pesar del reumatismo y del dolor de rodillas y de todas las coyunturas, la abuela Mercedes, desde comienzos de año, pensaba entusiasmada en la celebración de su cumpleaños número setenta y tres y se lo participaba a su vecina y comadre doña Doralisa Seminario, con quien no paraba de hablar por horas, desde que caía el sol y se refrescaba un poco la tarde, hasta muy entrada la noche en que, asustadas por el ulular de las lechuzas, recogían las perezosas, se persignaban y se decían hasta mañana comadrita. Así estuvieron todas las noches de ese verano seco, sin lluvias, rogando que lloviera para que no fuera otro año como los anteriores. San José nunca nos abandona, siempre llueve para el 19 de marzo, por lo menos una pasadita de nubes. Sí pues vecina, ya es tiempo de que el Señor se apiade de nosotros.

Desde su matrimonio con Alejandro Valdivieso, este, amante de las fiestas, bailes y jolgorios, no dejó pasar ningún cumpleaños por celebrar, con sus siete días reglamentarios: la antevíspera, la víspera, el santo, la joroba, la recorcova, el jorobete y el andavete.

¡Y estas mujeres qué tanto hablarán todas las noches!, se quejaba don Alejandro Valdivieso, cosas de mujeres le respondían las dos a la vez, entonces manden a jugar al muchacho que se queda como embobado escuchándolas hablar, ven toma una peseta y ándate al circo Jorgito, no papá, ya fui cuatro veces y siempre repiten lo mismo. ¿Y acaso estas mujeres no repiten lo mismo?

Y ellas no le hacían caso y seguían hablando de comidas diferentes para cada día. Doralisa Seminario muchas veces dejaba pasar algunas cosas repetidas que decía la abuela Mercedes; comprendía que desde hacía varios años tenía olvidos frecuentes. Para la antevíspera haremos unos tamalitos de choclo verde, contrataremos a Osquitar el guitarrista y que él mismo se consiga una banda para bailar unas cumbias, tonderos y huaynos, decía la abuela Mercedes, y tú Doralisa, con tus dos tinajas de chicha no te va a alcanzar, será mejor que te vayas para Simbilá y te traigas diez tinajones, cuarenta jarras de barro y por allí le digo al Alejo que me consiga unos potos para servir la chicha, total él lo único que hace es ir a la chacra a dormir, flojo me ha salido este hombre. Vamos a necesitar varias manos, solas las dos no podremos atender a toda la gente que va a llenar la casa. Le dices a María Candela que venga con tu hijo, yo le diré a mi Dora, a la Chabela y a los demás. Hasta el Eugenio puede ayudarnos a desgranar los choclos y los frejolitos verdes para el pepián. Y tus otros seis hijos nos pueden echar una mano, siempre te he dicho que eres una loca al ponerles el mismo nombre a todos tus siete hijos.

Y de no haber ocurrido la desgracia de la muerte de Domingo Seminario, el hijo mayor de Doralisa Seminario, ellas habrían seguido hablando y haciendo planes para el cumpleaños de la abuela Mercedes.

Para el día de San José se vino un aguacero que nadie lo esperaba. Inundó casas, malogró las pocas plantas que quedaban en pie y el río trajo multitud de ramas, plátanos desgajados de raíz, alguna res muerta con la panza arriba y partes de una choza con un gallo cantando encima. Una semana después de la desgracia encontraron el cuerpo de Domingo, completamente hinchado, irreconocible. Y antes de que lo despanzurraran los gallinazos, lo llevaron a la pequeña morgue junto a la capilla dentro del cementerio para que don Heráclito Seminario le realizara la autopsia de ley. Los seis hermanos lo cargaron a casa, lo acomodaron en un ataúd del doble de lo normal y, sin las exequias correspondientes, lo enterraron de inmediato debido al avanzado estado de putrefacción. Esta vez no hubo las lloronas que acompañaban a los difuntos hasta su última morada, solamente una pequeña banda tocando música de pena.

Cavaron una fosa grande y ya estaban bajando el cajón cuando algunos de los presentes, asustados, llorando, pidieron que no se lo enterrara con las manos entrecruzadas, que se las soltaran y se las pusieran a los costados, si no lo hacían, el difunto se llevaría al resto de la familia. Uno de los hermanos se armó de valor, le descruzó los brazos, le estiró los dedos uno por uno y colocó los brazos a los costados sin creer mucho en esa superstición.

Aunque Doralisa Seminario llevaba puesta una mantilla negra, todos los que fueron al entierro se asombraron de que el negro azabache de su cabello hubiera dado paso al más blanco de los cabellos, casi parecido al de la abuela Mercedes. Algunos dijeron que era por la pena.

Doralisa Seminario no durmió durante los siete días que estuvo desaparecido su hijo más amado ni lo hizo hasta mucho después de que lo enterraran. Los seis hijos caminaban como sombras a su alrededor, como esperando una palabra o una orden de la madre. Lo primero que dijo fue: Domingo, alcánzame un jarro de agua. Y los seis hermanos se quedaron paralizados. No alcanzaron a distinguir el matiz de voz con que los llamaba. Y después de un momento de confusión, los seis se dirigieron a la tinaja de agua.

Varias personas, entre ellas el vendedor de sebo de culebras, le habían reclamado que por qué les colocaba de nombre Domingo a todos sus hijos, habiendo tantos nombres bonitos y tú pareces loca repitiendo el nombre en cada uno. ¿Es que no te acuerdas de que domingo era el día en que te veía en el mercado? Y ya sabes que aquí en Chulucanas todas tenemos un montón de hijos porque una nunca sabe, a veces viene una peste y te los mata a todos y te quedas más sola que alma en pena. Y además porque a mí me gusta y sanseacabó.

Y no les colocó un segundo nombre a los siete Domingos; lo que hizo fue acostumbrarlos a un matiz diferente de su voz y cada uno de los muchachos llegó a saber cuándo se dirigía a él. Por eso les pareció muy extraño cuando les pidió el jarro de agua en una forma que no le pertenecía sino al muerto. Entre ellos se gastaban bromas a solas llamándose por los apodos más inverosímiles que, por supuesto, no llegaban a oídos de la madre que decía que eso de ponerse sobrenombres era cosa de delincuentes.

Durante los tres primeros meses, Doralisa Seminario nunca salió de la casa y su cabello nunca volvió a tener el negro de antes. A fines de junio solo se asomó a la ventana cuando pasaron los Diablicos con Lencho a la cabeza y le pareció una repetición de tiempos pasados.

Se dirigió al corral, recogió los huevos más grandes, los puso en la canasta y tomó el camino de la casa de María Candela, teniendo cuidado esta vez de no pisar el asfalto, no fuera a suceder como cuando se asustó con una iguana enorme que pasó rápido por la carretera corriendo sobre sus uñas, el sol caía a plomo y el asfalto parecía melcocha, saltó descalza a la berma y desde allí miró a través de sus lágrimas cómo se derretían y desaparecían sus sandalias dentro del asfalto, mientras encima, los huevos desparramados chisporroteaban sobre la pista haciendo globitos. Cuando cruzó el río vio una garza blanca en actitud inmóvil sobre una rama caída de sauce y, al regresar, dos horas después, la vio en la misma posición. Pensó, qué extraño animal, cómo no se cansa, parece una estatua.

Para el mes de agosto se dirigió al pueblo de alfareros de Simbilá con sus seis hijos, de donde regresó con un cargamento de dieciocho tinajones, cuarenta jarras de barro, ochenta potos, y más herramientas para hacer chicha como para un mes, trajo varios guas, humaz, cedazos, cucharas de madera, maíz especial, y todo lo necesario para preparar la chicha para el cumpleaños de la abuela Mercedes.

No, mujer, este año no voy a celebrar mi cumpleaños, cómo has creído que con tanto dolor en tu corazón voy a permitir hacer bulla… alcanzó a decir la abuela Mercedes antes de que la mano de Doralisa Seminario se posara sobre sus labios. Aunque yo esté de luto, no voy a dejar que arruines tu celebración, además ya compré todo para hacer la mejor chicha de Chulucanas, como para un mes. Vas a tener un cumpleaños como nunca lo has tenido. No acepto negativas, doña Mechita.

Veinte días antes de la antevíspera, Doralisa Seminario puso a remojar cuarenta quintales de maíz pachucho, los dejó cuatro días a la sombra para que germinaran y luego los asoleó cuatro días más sobre sábanas en el corral, cuidando de espantar a las gallinas no se fueran a atragantar con ese maíz que ya no era para pollos. Ayudada por sus seis hijos colocó en el batán el maíz asoleado y lo molió como harina gruesa. Ayúdenme a cubrir los espacios libres con las callanas para que no escape el fuego, les decía Doralisa a sus seis hijos, esta es la taberna más grande que he hecho, dieciocho tinajones en dos hileras, carbón de algarrobo, del bueno. Apenas hierva el agua me avisan para echarles el pachucho y nos vamos a turnar para cuidar el fuego, quiero cocinar la harina durante dos días, luego lo venteamos con el guas y con el humaz y lo enfriamos para masticar el afrecho, menos mal que todos tenemos la dentadura intacta. Luego no se olviden de remover constantemente con «la vieja», ese palo de zapote colgado encima de los tinajones. Todas las noches vamos a probar la chichita y cuando ya esté un poquito acidita la taqueamos, o sea la colamos y la hervimos durante dos días más. Volvemos a colar la chicha verde y la colocamos en los cántaros de fermentación. Ya ven, muchachos, hacer chicha es muy fácil. A mí no me vengan con querer echarle azúcar, plátanos, muñecos o patas de res.

Y la fiesta empezó y nadie más vio a Doralisa Seminario con vida. Los seis hijos se fueron desde el 22 en la madrugada para la casa de María Candela. No podían soportar que alguien estuviera riéndose y bailando cuando ellos estaban tan tristes por la muerte del hermano amado.

Don Heráclito Seminario calculó que Doralisa había fallecido el mismo día 24 de setiembre, el día del santo de la abuela Mercedes. Algunos afirmaron que la vieron servir el clarito para la antevíspera; para la víspera le pidió a su hermana Micaela Lalaquiz que le ayudara a repartir la chicha. El día del santo alguien aseguró haberla visto por la mañana, pero ya no por la tarde. Los demás días, los concurrentes, borrachos por la chicha, la música y la comida, armaban todo tipo de escándalos. Para la joroba sacaron plátanos maduros horneados y un delicioso copús bajo tierra. La recorcova fue salpicada con seco de res y los concurrentes notaron que la chicha estaba mucho más deliciosa que al comienzo. Y ni hablar para el día del jorobete, ni el arroz con pato ni los músicos calmaron los ánimos decaídos; más bien empezaron a tocar los pasillos más tristes jamás escuchados. El día del andavete por la tarde, cuando el pequeño Jorge se acercó a sacar una jarra de chicha, se extrañó de que estuviera más dulce que en el primer día y descubrió unas enormes hormigas translúcidas del color del ámbar, que vomitaban miel dentro de la chicha. Hizo el recorrido inverso de las hormigas que iban y venían en líneas paralelas, ordenadas, por detrás de los cántaros, por los recovecos de las paredes, por el canal del desagüe para las lluvias, por la pared del dormitorio principal, por el abrevadero de los burros, por los nidos de las gallinas, rodeando el tronco del naranjo en flor, siguiendo en línea recta hasta el fondo del corral, donde estaba el cuerpo extendido de Doralisa Seminario con una bacinica en una mano y la boca abierta por donde entraban y salían las hormigas luminosas.

viernes, 21 de octubre de 2011

Evita / por David Arce

Evita no hablaba.

De todas las niñas del salón de clases, era la única que entraba aferrada a sus libros y cuadernos.

Apenas se sentaba y dejaba sus cuadernos sobre la carpeta, se llevaba las manos hacia la boca y se mordía las uñas y permanecía así, aun cuando la profesora pasaba lista. Ella no respondía; sólo atinaba a mirar el suelo. Sin embargo, era la que sacaba las mejores notas en los exámenes. Algunos de sus compañeros de clase se burlaban de ella. Otros trataban de protegerla y ayudarla. Pero ella parecía estar en otro mundo.

Dentro de su ser no estaba contenta consigo misma. Con su mirada lánguida, veía cómo participaban sus compañeros de clase, veía cómo ellos movían sus bocas, sus lenguas, y emitían sonidos. Ella también deseaba hablar como los demás.

Pero tenía miedo. No sabía a qué. Las personas mayores le producían mucho miedo. No lo entendía. Cuando se aventuraba a querer explicárselo, sólo veía imágenes difusas en los rincones más recónditos de su memoria. Veía a su madre gritando, se veía a sí misma muy pequeña sin poder pedir hacer la pila o hacer la caca, y morirse de miedo cuando dos manos grandes la levantaban del suelo, la colocaban boca abajo y le hacían arder las nalguitas.

Veía un babero, una mesa salpicada de comida, el piso salpicado de comida y una mano enorme estrellarse contra su boca. También recordaba muchos no es. «Evita, no toques eso; Evita ten cuidado, no rompas, no salgas, no hagas bulla, no hables, no…»

Y Evita decidió crecer sin hablar.

Hasta ahora…

Hasta ahora que no se sentía contenta con ser lo que era, quería correr con sus demás compañeros, hablar de chicos, de juegos, de las cosas bonitas de la vida. Una tristeza infinita se apoderaba de su corazón.

Y un día, embargada de pena, decidió adentrarse en el bosque para perderse en la inmensidad de su espesura.

Aunque había escuchado que una bruja moraba ahí, como no estaba contenta con su vida no le importaba.

Evita entró en el bosque y le gustaron las plantas y las flores, las piedras, los árboles y el cielo. Le gustó tanto el camino que se olvidó del motivo por el cual había entrado. De pronto uno de sus pies tropezó con un libro antiguo. En su portada decía: Libro mágico de la vida. Mil recetas para ser feliz. Su corazón dio un vuelco, creyendo haber encontrado la solución y buscó y buscó. Hasta que encontró la receta de cómo aprender a hablar.

Una pluma roja de un loro completamente verde.

Una pluma verde de un loro completamente rojo.

Cuatro uñas de urraca.

Tres huevos de araña roja.

Y varios ingredientes más…

Evita buscó y buscó, hasta que logró encontrar y juntar todos los ingredientes que indicaba la receta. Los mezcló y tomó el brebaje durante seis noches.

A la séptima noche se despertó recitando un poema a la luna. Pensó que estaba soñando, se pellizcó y se dio cuenta de que podía hablar. Regresó a su pueblo, al colegio. Y todos los que pensaron que Evita había muerto se alegraron de verla de nuevo, con una nueva cara, sin las manos en la boca, sonriendo, cantando, recitando y hablando. Y contestando a todas las preguntas que le hacían. Y pronto se volvió la más popular de la clase.

Pero no todo en esta vida es perfecto, y Evita seguía hablando, interrumpía las clases, hablaba en el recreo, en la calle, en el mercado, en la casa, en la iglesia y, lo peor de todo, hablaba mientras dormía.

Nuevamente sus compañeros empezaron a alejarse de ella y Evita se dio cuenta de que estaba equivocada cuando pensó que el día que hablara iba a ser completamente feliz.

Decidió volver al bosque en busca del libro mágico de recetas. Caminó y caminó, sin cesar de hablar. Los últimos que la vieron alejarse, aún escucharon un lejano rumor cuando la perdieron de vista.

A su paso los pájaros se dispersaban revoloteando. Ella continuaba hablando y hablando, sin poder encontrar el libro mágico de recetas.

A lo lejos vio una casa y se acercó a pedir ayuda y comida. De la casa salió una vieja que la invitó a pasar. Y Evita le pidió, por favor, que la ayudara a no hablar tanto, y la vieja le dio consejos que Evita no escuchaba porque no paraba de hablar. Pero como esta vieja era sabia, aprovechó que Evita tomaba aire para continuar hablando, y le ofreció un plato de sopa.

Evita estaba hambrienta por el largo camino y, mientras ella tomaba la sopa, la vieja le hablaba, le enseñaba a respirar, a prestar atención, a comprender las cosas, a observar, a meditar. Le enseñaba a escuchar.

Pero esto no fue de la noche a la mañana. La vieja le daba tareas para que realizara todas las mañanas y que hablara cuanto ella quisiera. Le decía que regara las plantas, que les quitara los insectos, los gusanos, las malas hierbas, que podara las plantas. Y Evita lo hacía con gusto, cantando y hablando.

Y luego, en la tarde, cuando retornaba cansada, la vieja le ofrecía el plato de sopa y aprovechaba para enseñarle a respirar, a poner atención, a observar, a meditar y a escuchar.

Y fue así como Evita, gracias a la vieja del bosque, aprendió el placer del hablar y del escuchar, aprendió el placer del sonido y de los silencios, a diferenciar los variados tonos de la naturaleza. Aprendió a distinguir el momento, el lugar y la persona adecuada para expresar sus más íntimos sentimientos mediante los sonidos y los silencios que vibraban en su alma reconfortada.

©David Arce

Foto: Eva Lewitus

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El vuelo del huerequeque / por David Arce


Las gallinas más viejas empezaron a revecear y a comentar entre ellas, de nido en nido, en el comedero, en las ramas del tamarindo donde dormían y en cualquier lado donde se encontraran. Las que antes se escandalizaban por el bullicio de la viuda Trinidad, ahora también se escandalizaban por el silencio casi sepulcral que reinaba en el gallinero. Primero dijeron que estaba enferma, después que estaba enamorada, más tarde dijeron que se trataba de la menopausia y por fin la más vieja se llevó la punta del ala a la sien y dijo:
―Cómo no se nos había ocurrido antes, si está más claro que el agua, la muy bandida está clueca y la muy volantusa se hacía la santa, véanla pues.
―Y nunca le conocimos marido, porque ya llegó viuda —decían las demás—, en coro.
Transcurridos los veintiún días, todas se asomaron a mirar si salía a pasear con sus polluelos, pero nada. Pasaron cuarenta días y ni asomo de Trinidad.
Lo que no sabía nadie del gallinero es que Trinidad, en su bulliciosa existencia, escapándose a mataperrear por los alrededores de los viejos algarrobos, se había encontrado un huevo extraño y en su soltería decidió empollarlo y tener su hijo propio, su hijo único y amado. Y ya empezaba por creer que estaba empollando un huevo huero, cuando sintió resquebrajarse la cáscara. Y un inmenso cariño inundó su corazón cuando vio emerger el pico del ave.
—Es un monstruo —dijeron las demás gallinas—, un fenómeno, qué feo, ave de mal agüero, signo del final de los tiempos, comentaban los patos y los pavos Sin embargo, Trinidad salía a caminar muy oronda a la orilla del río, seguida de su polluelo más hermoso del mundo, enseñándole a escarbar en la tierra para escoger las piedras más sabrosas, sin hacer caso de sus maledicentes compañeras.
Humberto se dio cuenta de que era diferente a los demás, una tarde soleada en que se acercó a tomar agua en la laguna y lo que vio lo asustó tanto que soltó un grito que espantó a todo el corral. La imagen que vio no se parecía a nada de lo que él conocía hasta ese momento. Era un monstruo aquél ser que lo miraba debajo del agua. Tenía unos enormes ojos amarillos debajo de grandes cejas blancas que le llegaban hasta los oídos y encima de la cabeza ostentaba una cresta negra. Las patas eran tan largas que le llegaban hasta el cielo. Ningún pollo era así. Y para colmo de males el intruso le había lanzado un grito que le había dejado el corazón en un hilo.
―Y éste qué tiene, molesta la paz de nuestro vecindario y todavía tiene el descaro de hacerse el asustado. Ya decía yo que la tal suavecita Trinidad no andaba en buenos pasos, debemos expulsar al engendro del gallinero —sentenció la gallina más vieja.
Trinidad consoló al pobre Humberto que seguía temblando y que por más que quería, su cuerpo enorme no lograba cobijarse entre las alas de la madre. Trinidad se enfrentó con valentía al Consejo de las gallinas y no permitió que expulsaran a su primogénito.
—Es un simple huerequeque —le decían, no pertenece a nuestra familia, le insistían. A lo que ella replicaba con una verdad absoluta:
—Madre no es la que engendra, si no la que cría. Pero el pobre Humberto, inconsolable, seguía enfermando de pena.
— ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? —le preguntaba a una madre dolorida. —Mi familia grande no me quiere aquí. Yo no pertenezco a este mundo, madre, —decía débilmente dispuesto a dejarse morir. Y ya estaba por caer la tarde cuando vio pasar en el rojizo cielo a una bandada de alegres huerequeques que al escuchar el quejido lastimero de Humberto, sobrevolaron el corral y se posaron entre las ramas del tamarindo, examinándolo desde lejos.
― ¿Qué hace este huerequeque aquí? —Dijo uno de ellos. No, no es un huerequeque; por fuera parece, pero no lo es. ¿No ves que se aferra a una simple gallina? Y se nota que solamente sabe caminar y lo máximo podrá correr nomás. Yo creo que nunca ha volado este esperpento. Vámonos, estamos perdiendo nuestro tiempo y el sol ya va a caer.
La viuda Trinidad fue a visitar al viejo conejo para pedirle consejo, llevando en su mente las palabras de su hijo: “Madre, mis hermanos no me reconocen como tal”.
—Curarlo es preciso, el tiempo es conciso, mal del alma no lo calma ni jarabe ni cataplasma. Hay un lugar en el Oriente, donde un sabio venerable ayudarle acaso puede, pero, ¡Oh, terrenal Trinidad! Solamente depende de Humberto el huerequeque el poder continuar su propio camino. Es un templo de sanación donde no te está permitido pisar. Confía en lo que te dicta tu corazón, noble mujer —dijo en un susurro el viejo conejo—, mientras empezaba a meter los dientes en otra zanahoria.
La viuda Trinidad haciendo de tripas corazón obedeció al viejo conejo. Dejó al agonizante Humberto a las puertas de un gran templo con enormes columnas de oro.
―“Llamad, y se os abrirá, pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis”. Resonaron las palabras de Mateo 7:7 en la cabeza de Trinidad, mientras golpeaba ruidosamente la gran puerta. Se dio la vuelta sin esperar a que le abrieran, así como le había indicado el viejo conejo, alejándose sin mirar atrás. Tanta era la confianza de la madre en los consejos del sabio conejo.
Humberto soñó que un anciano barbado lo cargaba y lo dejaba en un aposento oscuro que parecía el centro de la tierra, como si fuera la antesala de la muerte. Estaba seguro de que sería una muerte dulce. Soñó que en la oscuridad podía ver los pensamientos del anciano en forma de sentencias grabadas sobre las negras paredes con tinta luminosa:
—“Conócete a ti mismo”.
—“Para emplear bien tu vida, piensa en la muerte”
—“Si la curiosidad te ha conducido aquí: ¡Vete!.
—“Si el interés te guía, ¡Vete!.
Si temes que tus defecto sean descubiertos, la pasarás mal entre nosotros.
—“Si amas las distinciones sociales, ¡vete!, porque aquí no existen”.
Si disimulas, serás descubierto”.
Si tienes miedo, no vayas más lejos”.
Si perseveras, serás purificado por los elementos, saldrás del abismo de las tinieblas y verás la luz”.
Y en esos momentos dudó. Se sentía tan débil que tampoco podría regresar. Alcanzó a mirar un cráneo, un reloj de arena al cual ya se le extinguía el tiempo. Vio un plato con sal, otro con azufre y otro con mercurio, y además trigo, un vaso con agua y un pedazo de pan que estuvo tentado de tomarlos, pero se sentía tan débil que no pudo moverse. En su sueño creyó ver la imagen borrosa de un gallo. Sobre una mesa había un lápiz y la voz del anciano barbado le ordenó: —Haced vuestro testamento”. Entonces Humberto el huerequeque, comprendió que ya estaba muy cercana su muerte. Pensó en que no tenía propiedades, que de nada valdría hacer testamentos, pero grande fue su sorpresa cuando vio que el pergamino del testamento tenía tres simples preguntas: ¿Qué deberes tenéis para con Dios? ¿Qué deberes tenéis para con vuestros semejantes? ¿Qué deberes tenéis para contigo mismo? Y en un rapto de lucidez pre-mortem se dio cuenta de que la única respuesta para las tres preguntas era: el amor, y al tener esa respuesta, se percató, como si fuera una iluminación, que Dios, nuestros semejantes y nosotros mismos somos uno solo, constituimos la Unidad del Universo. Y con esa certidumbre dijo para sí que ahora ya podía morir en paz.
Calculó que había transcurrido tres días porque un gallo había cantado tres veces. Y entre sueños se vio transportado por caminos más oscuros, como si estuvieran descendiendo a las profundidades de la tierra, siempre guiado por el anciano barbado que al final nuevamente lo dejó frente a las puertas del Gran Templo de las columnas de oro y volvió a escuchar claramente las palabras que el sabio conejo le dijera a su madre: “Llamad, y se os abrirá, pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis”. Y de inmediato comprendió que debería llamar a la puerta, la cual se abrió al tercer toque. Se dijo: “Ya estoy muerto porque estoy escuchando un coro de ángeles cantando la canción de Paz, Armonía y Libertad: Mirad cuán bello y delicioso es habitar los hermanos, todos juntos en paz, armonía y libertad” —que en algún recóndito lugar de su corazón guardaba de algún fragmento de su niñez.
Una voz resonó más en su cabeza: “Aunque no te hayas dado cuentaya has iniciado los viajes que como buen caballero tendréis que seguir practicandoLo de la bóveda oscura representa el contacto íntimo con la tierracon el polvo que fuimosque somos y que volveremos a serconstituye la muerte de una parte de todos nosotrosMorir simbólicamente en carne para resucitar en espíritu, como el trigo que se convertirá en pan. Ahora hermano míoen el proceso de sanación del cuerpo y del almavamos a iniciar los siguientes tres viajes por el Universo de la vida: por el aire, por el agua y por el fuego”. Y en marcha tambaleante, Humberto se dirigió a recorrer el universo para iniciar el primer recorrido, el del aire. Y su carne terrenal, cual pequeño velero en aguas embravecidas estaría a merced de las tormentas de la vida, Aprendería a curvarse como una espiga de trigo ante los fuertes ventarrones y dejaría de ser rígido en sus conceptos, porque una espiga de trigo rígida no sobrevive a las tormentas, tendría que aprender a adaptarse ante las vicisitudes de la vida. Al terminar su primer viaje suspiró hondo y creyó aspirar el aliento del gran creador.
Luego, durante el segundo viaje, imaginó nadar por antiguos y enormes mares, el mar del silencio, el mar de la tranquilidad y el mar muerto. Intuyó a un silencioso Caronte trasladarlo por el río Aqueronte sin preocuparse de no tener las dos monedas para pagarle la travesía. Al final del viaje se sintió limpio y puro, como si hubiera sido bautizado por vez primera. El agua, como elemento fecundante, representaba su segundo nacimiento, después de haber dejado de lado los temores a la muerte terrenal, reafirmando la inmortalidad del espíritu.
Y en el tercer y último viaje tuvo que traspasar senderos de fuego que purificaban su materia temporal que es el cuerpo. Por todos lados flameaban las llamas que lo mordían sin quemarlo. Se convertía en el crisol viviente donde se fundirían todas las virtudes de los seres de buenas costumbres, convirtiéndose en un faro que alumbrará el camino hacia la verdad.
Alguien le quitó la pesada venda que cubría sus ojos y la luz que recibió fue tan intensa que volvió a cerrarlos mientras seguía escuchando el coro de ángeles celestiales. Al abrirlos nuevamente, no pudo creer lo que estaba viendo: el universo entero con el astro rey en sintonía con la luna y las siete pléyades alumbrando el oriente, la vía láctea parecía leche derramada sobre la bóveda celeste y las eras zodiacales estaban a la espera de su turno para imponer su reinado ante el paso del tiempo. El piso ajedrezado representaba la unidad del universo entero. Y al centro de todo estaba una enorme piedra de sacrificios en forma triangular, flanqueada por tres luces de fuego eterno. Y en el centro de la piedra estaban los instrumentos de construcción del Gran Templo del Universo.
Además de las dos columnas doradas principales de la entrada, Humberto el huerequeque, pudo contar hasta donde sus ojos alcanzaban a ver, doce columnas internas que correspondían a cada era del zodiaco
A medida que sus ojos se adaptaban a la nueva luz, pudo distinguir que los ángeles cantores eran huerequeques todos, pero que a diferencia de los anteriores que conoció, estos ángeles tenían cada uno un color diferente de brillantes plumas, y eran únicos en su belleza y en su fuerza. Todos ellos desbordaban sonrisas y sana alegría.
―Yo no soy ángel —le dijo uno de los huerequeques—, soy un simple huerequeque mortal. Puedes considerarnos tus hermanos, que aunque no nos conozcamos, siempre te reconoceremos, como hermano.
A Humberto le gustaba mirar a cada uno de sus nuevos hermanos huerequeques, todos con diferente color de plumas brillantes.
Y ante todos ellos, frente a la gran piedra triangular de sacrificios realizó el juramento de vivir plenamente la nueva vida a la que estaba renaciendo. Decidió allí mismo tener fe en sus ideales, por más lejanos e inaccesibles que parecieran, una inmensa esperanza para conseguirlos, y sobre todo amor, mucho amor a todos sus congéneres, incluyendo a cada especie que habita sobre la tierra, teniendo presente que ya sea una piedra, una hoja, un insecto, o un simple pedazo de madera, solamente son formas temporales de existencia y que desconocemos en qué momento esas criaturas podrán desarrollar todas sus potencialidades. Nunca sabremos a quien perteneció la materia que en este momento mueve a un grillo, como tampoco sabremos a quien pertenecerá su materia cuando deje de existir en nuestra dimensión y cambie de estado, quizás en otra dimensión. Por ese simple hecho debemos tener un profundo respeto y consideración hasta a lo que consideramos la más pequeña cosa del Universo. Igualmente comprendió que los primeros hermanos huerequeques seguían siendo sus hermanos así lo hubieran menospreciado. Ellos no sabían que estaban vibrando en otra dimensión. Y que al haber realizado todo el recorrido por el universo le clarificó la mente para poder comprender y aceptar a todos su hermanos así como son o como están, con todos sus defectos y virtudes, porque el amor es incondicional. Se quiere a alguien simplemente porque es ese alguien, no por lo que hace o deja de hacer. Y recordó el amor de su madre, que lo quería así como era, sin querer cambiarlo.
Después de tres meses, que le pareció una eternidad, regresó donde su madre, quien se alegró de verlo. Lo miraba y no se cansaba de mirarlo: parecía que tuviera un halo especial, un aura celestial de bondad que lo rodeaba a donde quiera que vaya. Las demás gallinas, patos y pavos, asombrados, no podían creer que el hijo de la viuda, aquél endeble ser que hacía poco tiempo estuviera al borde de la muerte, pudiera estar nuevamente entre ellos, conversando de igual a igual, dando su mejor parecer para el beneficio de todos. Trinidad, contenta, dijo:
―Ahora ya tienes todo lo que necesitas.
A lo que Humberto el huerequeque, le respondió:
—No, madre, mi camino recién se ha iniciado, apenas soy un aprendiz con muchas ganas de aprender y estoy convencido de que nunca dejaré de ser aprendiz porque me gusta aprender. Mi tarea siguiente es aprender a volar.
Y sin necesidad de practicar, confió en sus instintos y en su eterna sabiduría interior, aquella que no se pierde con los años, y suavemente se deslizó hacia la altura de los cielos.
En el gallinero, la viuda Trinidad suspiraba creyendo que aquél hijo postizo, algún día cercano se marcharía para siempre, pero en el fondo de su corazón estaba convencida de que su amor y que todos los momentos compartidos nunca serían olvidados y que ése era el destino de todas las criaturas: partir hacia otros mundos mejores cada día.
En el resto del Universo empezó a llover una multitud de estrellas fugaces.

© David Arce
Foto: Jimmy Alcántara

martes, 16 de agosto de 2011

El nacimiento de Domingo Seminario / por David Arce

Ocho meses después de cumplir doce años, Doralisa Seminario, caminaba bamboleante con la panza enorme por las calles de Chulucanas. La gente le decía que iba a parir mellizos que muy grande tenía la barriga, que se pusiera una moneda de un sol de oro, de esos antiguos que en verdad eran de oro, para que no se le saliera el ombligo. Por la calle Amazonas camino al mercado, sintió el primer dolor lacerante en el vientre que muchas curiosas le advirtieron que era indicativo de que el parto era inminente. Entonces cambió de rumbo y se dirigió a la calle Tarapacá, donde quedaba el antiguo paradero hacia Morropón, y allí le fue diciendo a cada uno que se apeaba de su carreta que por favor le avisaran a su hermana Micaela Lalaquiz que viniera urgente a Chulucanas para que le asistiera en el parto. Y como ya estaba advertida de que estos menesteres los sufriría por lo menos una semana, se dirigió al mercado a comprar todo lo necesario como para no salir durante dos semanas de la casa, no sin antes pasar, con la esperanza de encontrar, por donde siempre acomodaba sus cachivaches, al vendedor de sebo de culebras, pero se regresó entristecida porque en vez de él estaba otro chuncho con las mismas culebras mantonas.

Y como quien dice, sin saber leer ni escribir, ella sola empezó los preparativos del parto. Lavó toda la ropa que pudo, dejó limpios los trastos, barrió el piso de tierra apisonada salpicándola con agua, mató ocho gallinas y las cecinó para que le duraran hasta después de dar a luz. El día en que los dolores de vientre se tornaron tan insoportables que parecía que le iban a desgarrar las carnes y que todavía tenía la secreta esperanza de que su hermana Micaela hubiera recibido a tiempo el encargo, tuvo el coraje de levantarse, llenar un tinajón de agua y ponerlo a hervir sobre las brasas, planchó las sábanas limpias, buscó la nueva tijera de acero inoxidable y la colocó cerca de las brasas para esterilizarla, no le fuera a dar tétanos al churre.

Los dolores empezaron a repetirse a cada rato y hasta le parecía que empezaban uno detrás de otro. De pronto sintió la barriga menos hinchada y como que una piedra se le hubiera deslizado hacia abajo. Tengo ganas de cagar, pensó. Pero se asustó porque no fuera a ser que en esos menesteres se le saliera el hijo que seguía pateando con fuerza.

Cuando Micaela Lalaquiz abrió la puerta de par en par llamando a su hermanita y nadie le respondió, encontró a la recién parida durmiendo el sueño de parturienta, con varias sábanas ensangrentadas entre las piernas, y junto a su pecho un churre recién nacido envuelto como un tamal chupando la teta como un bendito. A un costado todavía estaban la tijera y el balde con la placenta, quedándose asombrada de que nadie hubiera asistido en el parto a su hermana primeriza. Le preparó un caldo de gallina para parturienta, llevó a enterrar la placenta, lavó las sábanas, y como ya no tenía nada más que hacer, le vendó la cabeza a Doralisa con las recomendaciones de que no se sacara las vendas, no vaya a ser que te venga un sobreparto hermanita, no pujes, no levantes pesos, tampoco estés tocando agua por lo menos cuarenta días, vas a dejar que yo solamente te limpie con un trapito mojado, no estés comiendo limón ni mango ni tamarindo verde, fájate bien y para nada te levantes. No sabes cómo es esto, muchas mujeres han muerto por querer levantarse a los siete días de paridas y eso que ya tenían varios hijos. Y eso sí muchacha, no engrías a tu hijo porque si no, lo acostumbras mal. Ya sabes, leche materna hasta que se te sequen las tetas, nada más necesitan los churres, aquí he traído un poquito de miel de palo para mojarle los labios para que su vida le sea siempre dulce. Recién podrás darle algunas papillas a partir de los seis meses, si le das antes se puede llenar de ronchas para siempre. Y creo que puedes empezar a darle chicha solamente al año.

Se dirigió al horcón donde estaba colgado de un alambre el descolorido Almanaque Bristol, lo hojeó y exclamó contenta: «le corresponde llamarse Wenceslao porque ha nacido el 28 de setiembre», y mira esta corbatita que le has puesto, parece que va a ser cura.

¡No! —dijo secamente Doralisa Seminario—. Él se va a llamar Domingo. Y no le quiso dar explicaciones a su hermana.

©David Arce

miércoles, 10 de agosto de 2011

Chulucanas, octava fundación / por David Arce

Chulucanas, casi al igual que Piura, tuvo varias fundaciones. Los conquistadores españoles tuvieron dificultades con el clima, las enfermedades nuevas para ellos, el acopio de agua salubre y las famosas guerreras Capullanas, que se resistían a caer vencidas.

Después de tanto tira y jala, el pueblo trashumante se asentó en las laderas del cerro Ñañañique, en la confluencia del río Ñácara o río Grande con el río Yapatera o río Chiquito.

Y hasta mediados del año 1930 Chulucanas no era más que un pequeño caserío de casas desperdigadas en el valle, con una cancha de tierra denominada Plaza de Armas, una pequeña iglesia en construcción y un solar abandonado llamado Palacio Municipal.

Por ese entonces se corrieron las voces de que Luis Miguel Sánchez Cerro, un militar nacido en Piura, se había sublevado en Arequipa, al sur del país y se proclamaba Presidente del Perú, derrocando a Augusto Bernardino Leguía y Salcedo, quien gobernaba desde hacía once años con mano férrea. Rápidamente el pueblo de Piura se sumó a la algarabía de tener el primer presidente piurano en la historia del Perú.

Aunque demoró menos de un mes en llegar desde Arequipa hasta Lima, el general Sánchez Cerro se quedó desconcertado al ver el Palacio de Gobierno como si hubiera sido abandonado momentos antes: por todos lados se veían obras de arte tiradas por los suelos, preciosos muebles arrastrados hacia las puertas, y lo que más le llamó la atención fue ver varias cajas pesadas desperdigadas por el patio. Al abrirlas recordó las historias fantásticas que le contaba su abuelo sobre la ciudad perdida de El Dorado. Dentro de cada caja se encontraban pesadas estatuillas de oro macizo del tamaño de un niño de ocho años, que para cargarlas se necesitaba la fuerza de cuatro hombres.

Rápidamente ordenó la detención del presidente derrocado, quien huía en el crucero Grau rumbo a Panamá. Fue capturado mar adentro a la altura del puerto de Paita y encarcelado en el Panóptico de Lima, donde moriría dos años más tarde.

Nadie supo cómo el presidente Sánchez Cerro averiguó que toda esa riqueza en oro provenía de un pueblo de la sierra de su natal Piura, llamado Frías. Lo cierto es que en sus deseos delirantes por llegar hasta la ciudad perdida de El Dorado dispuso mediante decretos supremos que la naciente carretera panamericana se desviara de su trayecto original y, subiendo y bajando cerros, pasando por la peligrosa Cuesta de Ñaupe, en Motupe, rodeando el gran Vicús, pagando sobretiempo a los trabajadores, utilizando candiles para no detener el trabajo durante las noches, el asfalto llegó hasta Chulucanas.

Y con ella llegó una multitud de trabajadores, vivanderas, y mercachifles. Los ingenieros colocaban teodolitos, trazaban rutas imaginarias, desplegaban planos y comentaban entre ellos. Muchos trabajadores se asentaron a ambos lados de la carretera e instalaron sus casas de barro y cañabrava. En sus horas de ocio tendían un petate y jugaban a quemar los billetes de las libras peruanas por el solo placer de ver el color rojo púrpura de la llama.

Ocho días después del 30 de abril de 1933 los ingenieros recogieron sus aparejos, desarmaron algunas carpas y, con la mayoría de trabajadores, regresaron a Lima, dejando abandonada la carretera a medio hacer en Chulucanas: se enteraron de que el presidente Sánchez Cerro había caído asesinado por un militante aprista en el Campo de Marte mientras pasaba revista a las tropas.

El 27 de junio de 1937 fundaron Chulucanas por octava vez. Aunque ya se desparramaban muchas historias rebotando entre sus calles.

© David Arce

domingo, 7 de agosto de 2011

La mentira de los reflejos / por David Arce

Exactamente a las 3 de la tarde con 33 minutos, después de lavar y secar por enésima vez los nueve vasos tallados de cristal de Bohemia, Coco Coquetín Coquetario sintió una punzada en el pecho, un nudo en la garganta y unos deseos irresistibles de llorar. Tal vez era el color de la tarde, muy parecida a la de aquella de cincuenta años atrás, cuando regresaba a casa, caminando casi en el aire, contento porque su profesora gorda, doña Rosita Távara Mondoñedo, le regaló cinco caramelos y lo felicitó por sus altas calificaciones delante de todos sus compañeros y le concedió, además, el resto de la tarde libre. Al comienzo no supo qué hacer. Después de un momento pensó en acompañar a la abuela Mercedes. Bajó caminando por la calle Libertad y dobló por Junín. Nunca en su vida había visto el cielo de Chulucanas de ese color dorado que impregnaba el aire y las escasas nubes delgadas por todo el horizonte. Fue la primera vez que saboreó la felicidad.

Y lloró durante tres días seguidos sin comer ni beber. El último día lloró sin lágrimas, estremeciéndose en convulsiones a intervalos alejados. En esos tres días su mirada no se despegó de la superficie de los vasos donde se reflejaba toda su vida pasada.

Vio la tierra completamente blanca de Chulucanas, cuando aún no era mancillada por la sangre derramada en las guerras fratricidas. Vio a los enviados del Inca Túpac Yupanqui traer prisioneros de tierras lejanas, envueltos en ponchos y abrigos multicolores. Vio los antiguos Vicús adorar a los ancestros en las huacas del Macanche, Ñañañique y Ñácara. Vio la cabaña del Cholo Cano cercada rápidamente por múltiples casas de cuadrillas de trabajadores abriendo trocha hacia El Dorado que el general Sánchez Cerro creía situado en las sierras de Frías. Vio los trece ídolos de Frías de oro macizo de 24 quilates, del tamaño de un churre de ocho años, pesando cada uno ciento ochenta libras, desparramados en el Palacio de Gobierno.

Vio a la abuela Mercedes casi niña, semidesnuda, bajo la sombra de Fortunato Seminario, quien le quitó la virginidad de la manera más dulce que nunca se halla sabido. La vio llorando bajo un algarrobo inventando una historia para contar a sus nietos. Vio a Aurora Canales sacándose los alacranes de sus senos vaporosos cuando se bañaba y luego la vio cuando era pisoteada por una manada de toros. La vio deseando la muerte de Ciro Cherres Pacherres y cuando el deseo se cumplió no la alegró. Vio a Doralisa Seminario asustada con el camaleón en el mercado y más asustada aún, cuando ocho días después del último año nuevo de su vida, descubrió que la sábila que colgaba detrás del cuadro del Sagrado Corazón de Jesús goteaba sangre y que la pita que sostenía la bolsa roja estaba roída por las ratas y que por más que buscó nunca encontró el pan ni el sol de oro que metió dentro del pan. «¡Ay, Jesús!» se persignó, resignándose a todas las calamidades, sin saber que pocos meses después moriría su hijo más amado, y que ella le seguiría los pasos más tarde, dejando a los seis Domingos desesperados, tristes y maldiciendo a Dios.

Vio a dos hermanas gemelas, las Juanas, llorando emocionadas, reencontrándose después de muchas penas, en una peregrinación al Señor Cautivo de Ayabaca. Vio a un guitarrista jorobado caminando con una de las Juanas mientras la otra deliraba en la Casa de los Cachorros. Vio a María Candela descalza, con su blusa blanca y su falda negra tirando piedritas al río Ñácara, mirando el transcurrir del agua. Vio la Casa de los Cachorros encandilada todas las noches. Vio a cada una de las moradoras y cada una de sus historias. Vio a los seis hermanos Domingo llorar maldiciendo a la abuela Mercedes por celebrar su cumpleaños mientras ellos seguían de luto por la muerte de su hermano Domingo Seminario. Más tarde, cuando encontraron a su madre muerta, odiaron más a la abuela Mercedes en silencio.

Vio al Negro Otero llorar unos segundos antes de colgarse del badajo de la campana de la torre de la catedral. Vio a Heráclito Seminario dudando sobre las causas de la muerte de Doralisa Seminario. Vio la muerte anunciada de cada uno de los cachorros con música del Inquieto Anacobero Daniel Santos. El sufrimiento de su madre Carmela Seminario, muy niña, durante el primer parto, cuando nació por cesárea, a escondidas de la gente, su hermano Jorge Seminario. Vio el cielo incendiado de cometas la noche del insomnio de los churres y el cerro de tamo de arroz ardiendo durante cuatro días hasta que llegaron los bomberos de Piura a apagar las brasas.

Vio a su tío y a la vez padre, Eugenio Primero cuando salió calato, gritando, nadie se muere de hambre carajo y al abuelo Alejandro perseguirlo y encerrarlo en el cuartito junto al tamarindo del corral, donde años después quisieron encerrar a la abuela Mercedes. Vio a la hacendada y señora Blanca Seminario y Seminario llorando mientras leía unas cartas amarillentas. Y vio todo el valle de Talandracas desde la casa hacienda de los Seminario.

Vio el árbol de tamarindo florecido de calzones de la abuela Mercedes, las calles de Chulucanas repletas de pasos de baile de los Diablicos y su Chencho, la corona de azahares de la abuela Mercedes, la corona de Matilde Coco y la gresca memorable de Siete Leches Madeleine con el futuro alcalde Cherres Pacherres. Vio al viejo fotógrafo con su antiguo daguerrotipo asustando a las ancianas con la captura del alma, el incendio del nitrato de plata y los hermosos retratos de niños de cabello largo y pantalones cortos, que a los cinco años exactos eran sometidos al corte de pelo con padrino y fiesta incluidos.

Vio el cuerpo abatido de Froilán Alama antes del bautizo de los catorce churres moñones, condenado a asolearse durante nueve días en la cancha Monteverde, aunque al tercer día el cuerpo fuera robado durante la noche a pesar de la fuerte custodia policial y llevado a enterrar a Monte los Padres, donde varios años después la gente peregrinaría en búsqueda de milagros. Los catorce moñones nunca se cortaron el pelo en vida. La gente demoró varios años en volver a festejar la fiesta de cortamoños y solo la reiniciaron porque la mayoría de los churres no podía correr sin pisarse el pelo largo.

Vio a la milagrosa Virgencita del Algarrobo, con su boquita pequeña, de virgen, y sus ojitos de vidrio verde, a quien nadie veía, solamente la niña Teodorita. Vio la muerte de su medio hermano, llamado como él, Jorge Seminario, muerto en plena adolescencia, como los otros tres cachorros. Y le dolió en el alma la impostura que hizo de la vida de su hermano, viviendo la vida que no le tocó vivir. Sintió la pesadumbre de no haber vivido de verdad todo lo que su hermano le contaba de la Casa de los Cachorros y del Colegio Militar. Inventó viajes a países remotos y el cambio de sexo y de nombre. Inventó ante sus amigas y amigos que ella, Madame Georgette, había sido operada por el mejor de los cirujanos del mundo, que ya no quería que la llamaran Jorge Coco Seminario y menos Coco Coquetín Coquetario, porque ella era una verdadera dama. Nadie más que ella supo de todas las mentiras que había contado durante su viaje a Chulucanas, cuando se enfermó María Candela. No soportaba pasar inadvertida; necesitaba que alguien la mirara, que alguien le lanzara al menos un piropo a su paso. A nadie le contó el enorme parecido de Eugenio Segundo con Eugenio Primero, de quien se sospechó el embarazo de Carmela Seminario.

Durante cuatro días transcurrieron todas las imágenes de su vida pasada y la de sus padres, la imagen borrosa de un bombero anónimo y la nítida presencia de Carmelo Seminario, quien en realidad fue padre y madre para él.

Al tercer día, cuando todas sus lágrimas se hubieron secado, reponiéndose de las lamentaciones de no haber vivido su propia vida, de haber vivido a través de la vida de los demás, tomó nuevamente los vasos de vidrio ordinario y cantando Ne me quitte pas, los volvió a lavar, pensando en la siguiente mentira que les iba a contar a sus sobrinos y a sus amigos.

Suspiró hondo, bebió un trago de agua y, sin dejar de cantar, empezó a pintarse las uñas, esperando encontrar aquella noche algún joven árabe.

©David Arce

Ilustración: Casa roja / Eva Lewitus

sábado, 6 de agosto de 2011

La visita / por David Arce

Sonia irrumpió en mi casa desparramando risas y alegría a borbotones. Llevaba tras de sí una retahíla infinita de bártulos y cachivaches: cajas con plátanos verdes, frutas exóticas de la selva, más cajas con cecina y rosquitas de almidón de yuca, siete gallinas amarradas por las patas y que eran jaladas por un niño panzón, un pavo real, azul brillante con el cuello enroscado alrededor del buche que miraba por un solo ojo, como si hubiera sufrido una fractura del pescuezo, un cerdo flaco con pestañas rubias largas que caminaba como si continuara amarrado, una lora llamada Aurora y un mono tití llamado Pedro. Volviéndose hacia mí, sin parar de sonreír, me dijo: Tiíto querido, me da mucho gusto verte, después de tanto tiempo, y tú que habrás pensado que nunca íbamos a cumplir la promesa de visitarte, pues aquí está tu sobrina más querida y estos son mis hijos, señalándome al niño panzón de las gallinas y a otros tres que parecían de su misma edad, todos con la barriga prominente.

Rápidamente se instaló y distribuyó sus cosas como si conociera cada rincón de mi casa, quedando al final, todo en su lugar exacto, sin darme tiempo todavía a recordar esta nueva familia extensa. La única habitación a la que no entraron fue a mi dormitorio. Hurgué entre las telarañas de mis recuerdos, alguna evocación de mis padres o de los abuelos y no encontré ninguna referencia a familia procedente de la selva del Huallaga.

Como no me producían ninguna molestia, los acepté en mi casa para que pasaran el verano. Sonia se apoderó de la habitación de mi madre, que Dios la tenga en su gloria y sus hijos se apoderaron de las dos habitaciones para huéspedes. Aurora la lora, se trepó a la lámpara de la sala y de allí no se movió, sólo bajaba a comer el choclo que le dejaba Sonia todas las mañanas y a beber el agua limpia de todos los días. Sonia arrimó la mesa de centro a un costado para evitar que la lora siguiera cagándose encima de los girasoles artificiales y tuvo que limpiar todos los días el piso, en el cual quedaba una mancha verde y perfumada. Pedro el mono, se escondió debajo de la parra del tragaluz y nunca más lo volví a ver.

No pasaron ni cuatro días y llegó otra sobrina desconocida, con cuatro niñas y varias cajas con más comida y ropa. Una de las niñas, la mayor traía sobre el hombro derecho una iguana verde, lo cual le hacía caminar con la cabeza inclinada hacia el lado izquierdo. Yo me llamo Miriam y soy hermana de Sonia, tiíto, me dijo la recién llegada, y para no incomodarte tío, nosotras vamos a dormir todas juntitas en la sala.

Desde entonces, cada mañana, antes de salir a mis caminatas por la playa, yo tenía que sortear varios cuerpos que luchaban entre sus sueños, cuidando de no pisarlos. Hasta entonces no modificaba mi rutina, caminaba una hora por la playa, recogía algunos objetos interesantes varados por las olas y luego subía al muelle a comprar un pescado y tomar un café caliente donde Juanito, en Barranco. Después de mis caminatas matutinas leía en mi cuarto hasta antes del mediodía, hora en la que me preparaba mi pescado para el almuerzo. En las tardes me sentaba en el parque, en la banca frente a la iglesia y miraba la gente pasar.

Cuatro días después de que llegó Sullana, mis hábitos se trastornaron por completo y hasta se invirtió mi ritmo diario del sueño: las niñas jugaban en mi cuarto, se metían a mi baño mientras yo me duchaba y revolvían entre mis cosas buscando algo que las sorprendiera.

Luego sucedió que ya no caminé por la playa, y en vez de mi pescado diario, empecé a comer la cecina de chancho de la selva y los plátanos verdes fritos que tanto me gustaron. De vez en cuando compraba pescado para todos. Un día hasta me olvidé de ir a cobrar mi pensión de maestro jubilado.

En las noches en que me quedaba despierto escuchando las luchas de las niñas y los ronquidos de la madre, recordaba a mi madre que me decía: hijo mío, cuando vayas de visita no te quedes mucho tiempo, porque sucede igual que con lo muertos, a los tres días empiezan a apestar y te ponen mala cara, al principio te tratan bien porque no te han visto durante mucho tiempo, pero cuando empieza a escasear la comida y a ponerse las cosas peliagudas, es cuando te ponen mala cara. Recordando estas cosas podía soportar la visita de estas personas extrañas y el cambio de mi rutina diaria, sin molestarme ni decirles nada.

Huachipa por Eva Lewitus


Sonia y Miriam eran magníficas amas de casa, limpiaban y ordenaban todo, a veces lo ordenaban tan bien que yo no encontraba dónde estaban mis cosas. Tenían a los niños muy peinaditos y limpios, el piso de la sala reluciente, y a la cocina ya no me dejaban entrar más. Miriam me dijo: muy bonito tu cuarto tiíto, y muy rica tu cama, nunca he dormido en una cama tan grande tiíto. Y yo para complacer a ella y a las niñas, las dejé probar mi cuarto y mi cama. Y me dije, por una noche bien vale la pena soportar dormir en la sala sabiendo que Sullana y las niñas disfrutarían de una noche muy cómoda.

Y esa noche, la primera noche, que dormí en la sala, tuve pesadillas, como malos presentimientos. Prendí una luz y me puse a leer una revista ante los ojos abiertos de Aurora, la lora.

A la mañana siguiente salí a dar un paseo por la playa y al regresar, el colchón donde yo había dormido ya estaba recogido y la lora dormida. Y no sé qué sucedió entre Sonia y Miriam que noté un trato diferente de ellas hacia mí. Ya no me decían tiíto, sírvete este plato con yucas. Solamente estaban serias y con gesto adusto. Me ofrecieron una taza con voz áspera: sírvete tío este café. Por eso no quise pedirle mi cama aquel día. Y seguí durmiendo en la sala. Aunque en realidad no dormía, me quedaba despierto mirando a Aurora la lora, que me gritaba sin mover su boca: duérmete calvo.

No sé qué tramaban estas sobrinas extrañas, mi dinero desaparecía de la billetera, mis llaves que siempre las colgaba junto a la puerta aparecían junto a la parra, y un día llegaron al colmo de querer confundirme porque empezaron a vestirse igual, con el mismo peinado y el mismo maquillaje. De la misma manera empezaron a vestir a las cuatro niñas y a los cuatro niños.

Fue entonces que durante la noche pensé en una forma de decirles que se vayan de mi casa sin herir susceptibilidades ni echarlas por la fuerza porque estas extrañas sobrinas no daban ningún indicio de querer regresar a su tierra y ya se manejaban como si fueran dueñas y señoras de mi casa. Aquella noche decidí que por la mañana les diría, de manera cordial, que quería volver a vivir solo y que les agradecía todas sus atenciones.

Y ni bien regresé de la playa y mientras tomaba el desayuno, carraspeé un poco, aclarando mi garganta para empezar a hablar, para que no quedaran dudas de lo que iba a decir… Fue en ese entonces que Sonia, me miró seria y me dijo con una voz suave y musical: “Disculpa querido tío la pregunta, no queremos importunarte, pero como ya llevas mucho tiempo, queríamos preguntarte hasta cuándo te vas a quedar de visita con nosotras, porque no es muy bueno que te quedes durmiendo tanto tiempo en nuestra sala”.

No dije nada. Sentí una inmensa cólera crecer como espuma por mis venas. Qué tal raza, me dije, ahora estas desconocidas se quieren quedar con mi casa y me quieren echar de ella.

Pero no fue necesario decir ni hacer nada, porque en ese momento Miriam, a quien no sé por qué motivo algunas veces me gustaba nombrarla Sullana, me dijo: Mira papá, ya estamos hartas de tu jueguito. Sonia y yo somos tus hijas y tú solamente tienes una nieta y un nieto, que son nuestros respectivos hijos. Y esa mujer, a quien ignoras por completo y que está sentada allí en esa poltrona, que te cuida, te habla y te protege todos los días, es nuestra madre y tu esposa Sullana.

© David Arce.