domingo, 31 de julio de 2011

Entre Tánatos y Morfeo / por David Arce

La adicción a la morfina es un vicio solitario, casi masturbatorio, que se empieza por curiosidad y se persiste en la perpetuación del placer.

Cuando falleció mi padre de cáncer al pulmón, yo recogí las pocas pertenencias que lo ataban a este mundo y las guardé en una pequeña caja de madera, entre ellas estaba una bolsita con pastillas de morfina que en sus últimos días tomaba a diario y en demasía, hasta sospeché que él mismo se provocó la muerte con una sobredosis.

Yo, recién graduado en medicina, como mi padre siempre lo quiso, lo asistí en sus últimos días, buscando y proveyéndole su droga contra el dolor, pero en esos tiempos ni siquiera pensaba que yo mismo iba a quedarme atrapado en el sueño solitario de Morfeo.

Mis primeros días en el hospital, como interno de medicina, fueron para mí, la felicidad eterna, mi mandil blanco, el estetoscopio al cuello, los pacientes me decían doctor, y así caminando entre nubes abrí de par en par la puerta donde se encontraba tosiendo mi padre y por primera y única vez en mi vida lo vi llorar, no de dolor, sino de emoción de ver realizado su viejo sueño de tener un hijo médico.

Y ser médico joven tenía sus gollerías, y casi fiel a mis instintos, dejé de ser adicto a los libros de medicina, para pasar a ser adicto a las enfermeras, en especial de una de ellas: Erebeida Nix. Hermosa como ninguna, de aromática piel negra como sus ojos y guedeja luenga, dientes que al sonreír resplandecían con la luz entre sus labios de higo abierto. Parca como ella misma, pero cuando el milagro de su voz melodiosa se manifestaba, era arrobadora y arrulladora. De cuello largo como la más hermosa Nefertiti de ébano, pechos enhiestos y desafiantes olorosos a mirra e incienso.

Quedé cautivo de la miel de sus labios, y del olor de sus recovecos, nardo y azafrán, canela y clavo, rosas y diamelas. Y hasta ahora me pregunto si fue amor a primera vista o erección a primera vista, porque apenas la vi, toda mi sangre se concentró bajo el vientre latiendo con desesperación, pugnando por seguir su rastro perfumado, aún en las noches más oscuras de mis guardias, entre la soledad de mis sábanas.

Dejé de verla cuando terminé mi año de internado médico y mi padre agonizaba entre los velos de la somnolencia. Mi vida cambió en forma drástica cuando fui contratado por una compañía minera, a casi cuatro mil metros de altura, con apenas una semana cada dos meses para bajar al pueblo más cercano y emborracharnos con alcohol casi puro, sin otro entretenimiento que libros de literatura, que por obligación leía, por no dejar que el tiempo pase así por así. Siempre me ha parecido que quienes leen y quienes escriben hacen labores ociosas, que no otorgan nada práctico a la vida, pero cada uno con sus cosas.

Después de dos años de permanecer en la mina, y con bastante dinero ahorrado, regresé a casa donde, no sé por qué, tenía la esperanza de encontrar a mi padre, esperándome sentado en su mecedora, fumando sus cigarrillos negros. Solamente estaba la pequeña caja con sus escasas pertenencias, y en ese momento me dije, voy a probar lo que sentía papá cuando le calmaban los dolores con la morfina.

Así empecé. Luego de la sensación placentera de los primeros instantes, mi cuerpo me pidió más. Terminé todas las pastillas, y cuando no había más, mi cuerpo exigía más. Empecé a hacer recetas con nombres ficticios de pacientes y yo mismo, en diferentes farmacias me abastecía con la droga. Y cuando las existencias de las farmacias cercanas se agotaron y mi demanda se hacía más insistente, mi radio de acción se fue expandiendo, alcanzando a otras farmacias más lejanas.

Y como todo tiene su límite, y al terminarme casi toda la existencia de morfina en tabletas, empecé con las ampollas, y descubrí que eran más placenteras. Lo malo fue, que muy pronto las venas de todos mis brazos quedaron picadas, y luego las piernas, y probé hasta en los sitios más inverosímiles, como mis genitales y las venas de la lengua.

Cuando ya no había más venas que pinchar y mi cuerpo ardía en deseos de más morfina, me derrumbé y me dije que ya no valía la pena vivir. Utilicé mis conocimientos de médico para procarme una muerte sin dolor y sin conciencia, porque para esas cosas soy cobarde, y no me gustaría que la muerte me visite cuando estuviera despierto.

Armé un equipo de venoclisis, lo colgué de un clavo en la pared de mi cuarto, y lo conecté a un volutrol, que es un recipiente más pequeño, con una capacidad de cien mililitros. Allí coloqué una ampolla de midazolam que es un potente hipnótico, cuatro ampollas de bromuro de vecuronio para que paralizaran mis músculos respiratorios, y por si acaso todo esto fallara, dos ampollas de propofol, un anestésico líquido. Me coloqué un catéter con doble llave, porque primero quería administrarme una ampolla de cincuenta miligramos de midazolam y quedarme dormido antes de que empezara a gotear el frasco de volutrol.

Cuando tenía todo armado, sonó el teléfono, timbró cuatro, cinco, seis, siete veces y como no se activaba la contestadora, alargué mi mano, suavemente, para que no se saliera el endovenoso. Y al escuchar la voz al otro lado de la línea, mi corazón dio un vuelco tras otro vuelco, era la inconfundible voz de la hermosa Nefertiti de Ébano: Erebeida Nix, diciéndome, qué te está pasando, me he soñado contigo, deja de hacer todas las cosas que estás haciendo y vente conmigo que te estoy esperando hace más de dos años. Su voz melodiosa, con su tinte a ordenanza, se extinguió en el hilo telefónico.

Avergonzado, deshice lo hecho. Y temblando, enfundado en cuatro chompas, llegué a la dirección señalada. Allí estaba ella, esperándome. Me bañó en perfumes y me dijo: necesitas ayuda, y aquí estoy.

Ahora, veinte años después, completamente sanadas mis heridas del cuerpo y del alma, me atrevo a preguntarle, ¿cómo lo supiste?

Fácil, —me dijo ella—, me lo contó mi hijo Tánatos, hermanastro de Morfeo.

©David Arce

jueves, 14 de julio de 2011

Un pueblo en el desierto / David Arce

En al año 1987, un pueblo fantasma de día, recibió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Un pueblo sobre el desierto, que según los periódicos de la época, creció sobre la arena de la noche a la mañana, al sur de Lima, en una de las invasiones más grandes propiciadas por el entonces Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas del Perú, del General Juan Velasco Alvarado.

El 11 de mayo de 1971 todo el arenal se llenó de formaciones de cuatro esteras, la mayoría sin techo, todas ellas con una bandera rojiblanca. En las noches esas esteras se llenaban de calor, cariño y cansancio de la gente que regresaba de trabajar. El agua era lo que más faltaba, la acarreaban en baldes desde los camiones repartidores. Ahora ya tienen agua, electricidad y mucha arena.

El cinco de febrero de 1985, el Papa Juan Pablo II, pronunció un emotivo discurso en su castellano característico, protegiéndose del sol y de la arena con un sombrero blanco.

Al final del discurso, el Papa charapa, casi afónico, pidió un vaso con agua, y el niñito que vino corriendo tropezó vertiendo el agua sobre la arena, quedando solamente una mancha oscura. Aún así, le alargó el vaso, el Papa hizo como que tomaba y sucedió uno de los primeros milagros: el agua alcanzó para calmar la sed de toda la multitud.

A lo lejos los niños, ahora contentos, seguían cargando agua hacia sus chozas, en Villa El Salvador.

©David Arce

miércoles, 13 de julio de 2011

El último ataúd / por David Arce

Don Prudencio, hombre prolijo y ordenado, le dio la última capa de barniz al flamante ataúd y se retiró a prudente distancia sonriendo satisfecho. Y como las veces anteriores no pudo impedir pensar quién sería el usuario de aquella maravilla de arte apenas terminada.

Muchas veces trabajaba sobre la marcha, a pedido inmediato y después de tomar las medidas al difunto. Pero algunas veces, se animaba a trabajar en algún ataúd especial, en el cual se podía demorar muchos días y no terminarlo hasta que le pareciera perfecto. Y la casualidad del destino quiso que todas sus obras maestras, sin excepción, fueran utilizadas para personajes importantes del pueblo, primero fue el maestro más antiguo y querido, luego el primer policía llegado al pueblo y, a medida que mejoraba su destreza en los acabados de los féretros, la importancia de los personajes iba en aumento. Luego siguió el señor alcalde, y el último fue el señor Obispo.

Y aparentemente no quedaba ningún personaje más importante que el obispo, pero Don Prudencio, fiel a su manía se volcó por entero a preparar el mejor ataúd de su vida.

La mañana en que lo terminó y que le colocó en una esquina la marca imperceptible de un búho que él consideraba símbolo de sabiduría, lejos de sentirse contento, percibió una leve nostalgia que lo fue invadiendo poco a poco y que se fue incrementando con el transcurso del día.

La fatalidad quiso que para distraerse fuese a mirar las tiendas del mercado. Y allí, en una de las esquinas estaba aquella extraña gitana conocedora de destinos, que apenas pasó a su lado, lo tomó de la mano y sin pedirle nada a cambio, le soltó la más trágica noticia jamás escuchada: “tiempo es de que arregles tus afanes de esta tierra, que pronto, lo que con más esmero has trabajado te cobijará para siempre, porque tú eres la persona más importante sobre la tierra. Para ti está destinado el último ataúd”.

Don Prudencio sintió que la mano de la gitana, que le atenazaba su brazo, le iba soltando lentamente y pronto se sintió más solo que nunca, tratando de darle algún significado diferente a lo dicho por la mujer. Entonces tomó el camino de regreso a casa con el deseo irreprimible de destruir el último ataúd.

Pero apenas llegó a casa y vio la magnificencia de su obra maestra, desistió de su empresa y pensó en otras soluciones. Aquel mismo día murió un pobre hombre y él solícito, y sin esperar a que los deudos acudieran llorosos a pedir la toma de medidas, se acercó por la casa del muerto y una intensa opresión del pecho le desdibujó el rostro y le impidió la respiración: el difunto era demasiado obeso y nunca entraría en aquel ataúd. Y el ánima en que se había convertido sonrió al creer burlada la funesta maldición gitana: iría presuroso al taller a preparar gratis otro ataúd para aquel pobre hombre y con aquella estratagema, su obra maestra ya no sería su último ataúd.

Sintiendo la levedad de su ser, con el ánimo complacido, contento, mirando las tablas, los cinceles, los formones, las cintas de medir, empezó a ordenar el área de trabajo, dejando sobre otra mesa aquel último ataúd que dentro de poco ya no sería el último. Apenas empezó a serrar las maderas escuchó el llanto lastimero de una anciana, cuyo rostro, como en una bruma, le resultó conocido. El llanto y las lágrimas le impedían articular palabra a la pobre anciana, solamente señalaba el reluciente ataúd.

Poco a poco, como en otro mundo, empezó a escuchar los balbuceos de la vieja: mi hijo, mi pobre hijo, parece que no estuviera muerto.

Como traspasado por un rayo, sintiéndose empequeñecido, etéreo, reconoció de golpe aquella vieja voz. Y desde la ventanita de vidrio esmerilado, rodeado por la comodidad del tafetán, vio llorar amargamente a su madre y vio a su propia imagen diluirse entre las maderas del taller.

martes, 12 de julio de 2011

Garzanegra sobre Garzablanca / por David Arce

Una garzanegra baila la danza inmóvil

En el otro lado del mundo,

sobre el hilo de la vida,

una garzablanca inventa el equilibrio

¿Voy a escribir, después, sobre los dobles?

El cielo gris, sin estrellas

¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Garza es mi pena, esbelta y negra garza,

¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Cabezas brunas

de las garzas que vienen

de las lagunas.

¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Las hadas del estanque,

son garzas virreinales.

¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otra busca en el fango huesos, cáscaras

¿Cómo escribir, después del infinito?

Porque en el lago de gemas y tules

es una alegría de garzas azules.

¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Junto al zócalo griego

la niña de la garza

mira la distancia.

¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Con sus ojos claros

de mirajes bellos,

con ansia de vuelo.

¿Con qué cara llorar en el teatro?

Junto al zócalo griego,

la niña de la garza

contempla el alba.

¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Las garzas van como en un entierro, sollozando

¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Garzas inmóviles

equilibran la cuerda

¿Con qué valor hablar del más allá?

Sueña tender el vuelo

la niña de la garza.

¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

Garza es mi pena, esbelta y blanca garza,

sola como un suspiro y un ay, sola,

Son dos viejos caminos blancos, negros.

Por ellos va mi corazón a pie.

Nota:

Foto: Eva Lewitus
Texto: Fragmentos múltiples de poemas varios, de César Vallejo, José María Eguren, Miguel Hernández, y de otros poetas que me olvidé apuntar.

Agradecimientos:

A Eva por la hermosa foto y sus cariños

Al Rhada por la amistad y las malas ideas

A los demás amigos por llegar a leer hasta aquí

Y a mi mismo, sin ánimo de levantar polvareda.

© David Arce

El retrato / por David Arce

Recuerdo que al salir tuve dificultades en introducir la llave y que luego le di dos vueltas a la cerradura y comprobé que dejaba la puerta completamente cerrada. Sin embargo dos cuadras después me entró la duda. Yo estaba plenamente seguro de que la puerta estaba con dos golpes de chapa. Pero algo en mi interior me decía que debía verificar. Otra vez volvería a llegar tarde al trabajo. Inventaría una nueva excusa.

Regresé tratando de no pisar las líneas del piso. Ciento cuarenta y ocho pasos exactos me demoré en regresar. Saqué la llave y algo extraño sucedió. La llave que tenía entre mis manos era una llave muy antigua y no entraba en la pequeña cerradura. Entonces agudicé mi oído y escuché algunos ruidos detrás de la puerta y era algo más extraño porque no debía haber nadie dentro de la casa.

Revisé nuevamente mis bolsillos, pero no tenía otra llave. Entonces fue que la vieja puerta se abrió con ruido de portón viejo. La sonrisa fresca de una niña apareció diciéndome: “Abuelito, por fin has regresado”. Inicialmente pensé que me había equivocado de casa, miré la dirección: Calle Los Lémures Nº 888. Era mi casa, y yo a mis 28 años no tenía nietas. Sin embargo la niña insistía en llamarme abuelo.

Me tomó de la mano y casi ni reconocí mi propia casa desordenada, hasta que llegamos a la habitación de nuestros ancestros que parecían sonreírnos.

La niña, con lazos azules en el cabello, vestido celeste y babuchas celestes, no cesaba de sonreír. Observándola bien, estaba vestida a la usanza del siglo pasado. “Solamente falta que llegue el Guardián de los Retratos y por fin estaremos completos”, me dijo. Me señaló el Cuadro mayor que dominaba la sala de los retratos y, el retratado, todo desteñido parecía sonreírme.

Sentí un mareo, un leve desvanecimiento, como un suave remolino y me vi trasportado hacia el viejo retrato. Luego de un momento me di cuenta de que yo estaba mirando la Sala de los Retratos desde el cuadro del cual nunca había salido.

© David Arce

El guardián de los retratos / por David Arce

Después de mucho buscar trabajo en los periódicos de los domingos, y antes de dejar regados todos los papeles por el piso, me fijé en un aviso minúsculo, casi escondido, en un rincón de la enorme página. Recuerdo con claridad lo que decía: «Necesitamos guardianes de noche, excelente remuneración, grato ambiente de trabajo».

En aquel entonces mis solicitudes de empleo ya eran innumerables, largas colas en diferentes tipos de trabajo, y siempre la misma respuesta: deje su currículum y lo estaremos llamando.

Por eso aquella mañana soleada de otoño me dirigí sin ninguna esperanza, caminando casi como un autómata, hacia la dirección indicada. Había lustrado mis únicos zapatos y les había cambiado la plantilla de cartón para que no entrara el polvo de las calles.

Inicialmente pensé que me había equivocado de dirección: ninguna cola de personas con su clásico sobre manila en la mano, nadie en la salita de espera. Era un edificio antiguo, al costado de la Iglesia San Sebastián del jirón Ica. Las paredes desportilladas, la puerta desvencijada. Al fondo un viejo me miró y me dijo, pasa, te estaba esperando, tú debes ser el del aviso. La persona con la que debes llegar a un acuerdo recién viene a las siete de la noche, si deseas regresas o la esperas. Miré el sol y calculé que no eran ni las diez de la mañana. Como no me alcanzaba para el pasaje de regreso, me dirigí a la iglesia a descansar en las bancas. La misa había terminado y muchos viejos estaban sentados esperando por esperar. Me di cuenta de que casi todos estaban medio ciegos. Pensé que era una convención de ciegos, pero ni hablaban ni rezaban. Después del mediodía una monja gorda con nariz de ají rocoto reventado pasó con una enorme canasta de pan, que luego repartió entre los presentes. Me miró de mala gana y, después de pensarlo, regresó y me entregó otro pan. Luego vendría con un vaso de emoliente.

Al caer la tarde, una bandada de pájaros se paró sobre el ciprés enfrente de la iglesia. La casa del costado seguía con la puerta abierta.

A las siete en punto, un hombre enjuto y mal vestido, de pocas palabras, me entregó un sobre con mi pago adelantado y unas llaves. Usted se encargará de la vigilancia por las noches. Si desea se puede quedar a vivir en el cuarto del fondo.

Esa noche no pude dormir. Desde la iglesia llegaban voces de ánimas en pena, en mi pequeño cuarto estuvieron tocando la puerta toda la noche y sobre el techo de calamina parecía que no dejaba de caer piedras.

Al día siguiente mi cuerpo temblaba de miedo. Una mujer me miró sorprendida y me dijo vaya, duraste una noche, ¿no sabes que este sitio ha sido un cementerio hace mucho tiempo?

No le hice caso y me puse a regar las plantas. Barrí el local y acomodé algunos cuadros que estaban caídos. Varias fotos viejas del siglo pasado, raídas por el tiempo, yacían en el callejón. Todas tenían un nombre con la caligrafía Palmer que me enseñaron en el colegio. Y poco a poco el pánico se fue apoderando de mí al ver que la primera foto era del primer viejo que vi. Y las demás, con nombre y todo, correspondían con fechas diferentes a los ciegos que vi en la iglesia. Hasta había un retrato de una mujer con una nariz enorme y la inscripción de «Hna. Lucía». Al final, al voltear el último, mi sangre se congeló: era mi propia imagen, pero de ochenta años antes.

Entonces me rodearon todos y me miraron con alegría: sabíamos que regresarías. Los muertos nunca nos perdemos.

© David Arce

Crimen en Lima / por David Arce

A las seis y treinta de la mañana el reloj despertador empezó a timbrar sobre la mesa de noche y Jorge de la Piniela, médico anestesiólogo, alargó la mano y apagó la alarma, escondió el brazo bajo la frazada y se revolvió en la cama diciéndose cinco minutitos más, con la complicidad engañosa de saber adelantado treinta minutos el reloj. Luego de varios sueños cortos, se despertó sobresaltado ante la voz de la madre, que le gritaba desde la cocina hijito, se te va a hacer tarde otra vez, ya está listo el desayuno. Rápidamente se escabulló en el baño y, mientras le caía el chorro refrescante de agua fría, volvió a pensar que no tenía ganas de ir a trabajar. Ese día no tenía programada ninguna operación, pero de todas maneras su jefe lo quería de retén, por si acaso pasara algo, nunca se sabe. Tomó un café cargado, cogió la bolsa con dos panes que su madre la había preparado y salió corriendo a calentar el auto. La madre, desde lejos, le rogaba que tomara el jugo de papaya. El ruido del motor apagó las súplicas de la mujer. Abrió el portón automático y salió despacio, pensando en las pocas ganas que tenía de trabajar. El hospital donde laboraba estaba en el sur de Lima, a cuarenta minutos exactos. Ya estaba por entrar a la vía de Evitamiento, cuando recibió una llamada a su celular, sin saber que iba a ser la última.

Dos meses después, José Torres, flamante capitán de la división de homicidios, pedía permiso para ingresar al dormitorio del médico desaparecido y la pobre vieja, con todos los años encima, le suplicaba que encontrara a su hijo amado, que seguramente había sido secuestrado por los terroristas. El capitán tomó muestras de dos tipos de cabellos distintos de entre las almohadas y miró alrededor de la habitación, sorprendiéndose de que las características coincidían con lo que manifestaron los sospechosos. Cuando los policías ya estaban por retirarse, llegaron las tres hijas y se volvieron contra la madre, histéricas, por permitirles a los policías entrar como Pedro en su casa en los aposentos del hermano desaparecido.

Al comienzo los sospechosos, menores de edad, uno de quince años y otro de diecisiete, negaron todo tipo de relación con el secuestrado. La única certeza que tuvo el capitán José Torres fue, de que los dos estaban mintiendo, simplemente porque dieron versiones distintas.

Cuando el médico legista llegó a la escena del crimen, hizo una mueca de repugnancia porque, como él mismo explicaría después, la grasa, en el proceso de putrefacción, producía una sustancia pestilente llamada adipocira, que era capaz de traspasar el látex de los guantes. Y se lamentó durante una semana por haber pisado unos pedazos de grasa del difunto, cuya pestilencia no pudo sacar ni con lejía.

La llamada al celular le dio el pretexto perfecto para no ir a trabajar. Luego de arreglar un encuentro, Jorge de la Piniela marcó el número de su jefe y le dijo que su anciana madre se había enfermado repentinamente y que no iba a trabajar. Pierde cuidado, le dijo el jefe, tómate el día y no te preocupes, tu señora madre está antes que nada. Fue entonces que su vida cambió de rumbo y se dirigió al norte de la ciudad.

El capitán José Torres los amenazó con llevarlos al sótano de la comisaría y a torturarlos hasta que dijeran la verdad. Los vecinos nos han llamado diciendo que ustedes son reducidores de autos y que los venden por partes. Y que saben algo de la desaparición del médico Jorge de la Piniela. Cuando Marco vio que a su primo lo amarraron de los pies y lo empezaban a zambullir en una piscina, empezó a llorar.

Marco, de quince años, entre sollozos, le contó a su primo Esteban, de diecisiete años, que hacía cuatro meses conocí un médico que me daba muchos regalos, que me los llevaba al puesto donde vendemos golosinas en la playa de estacionamiento de la avenida Tacna. Primero se acercó a comprar como veinte soles en chocolates y caramelos, y me preguntó si quería dar un paseo en auto. Y yo le dije que no, porque mi hermana me había dejado solo en el quiosco. Pero empezó a llegar seguido por el quiosco y nos conversaba a la Pancha y a mí, hasta que un día le pidió a la Pancha que me diera permiso para que lo acompañara al cine. En vez de ir al cine me llevó a un bar y luego, un poco mareado, me llevó a su cuarto, donde vivía con su viejita. Allí me quedé a dormir, pero menos mal que nadie se dio cuenta. El doctor me daba muchas cosas, me invitaba varias veces al cine, me invitaba a comer, me compraba ropa, zapatillas y me llevaba a su casa para que durmiera con él. Pero quiero que suelten a mi primo para seguirles contando.

El médico legista, con la experiencia que lo acompañaba, con aire solemne, dijo que el muertito tenía un aproximado de dos meses de fallecido y por el tiempo transcurrido la causa de muerte sería mejor determinarla mediante la necropsia de ley.

Durante todo el trayecto, el médico Jorge de la Piniela sintió la ebullición de la sangre y la libido a flor de piel. Imaginó las escenas más agradables con Marco y pisó el acelerador. Todavía quedaba lejos, casi a la entrada de Lima, en el distrito de Puente Piedra. La llamada de Marco no le había extrañado, ya que no era la primera vez que el muchacho lo llamaba para encontrarse en el corralón donde el menor trabajaba de guardián durante las mañanas. El médico no sabía que estaba acelerando hacia su muerte.

Yo le voy a contar la verdad, Jefe. El doctor varias veces me invitó a su casa, pero la última vez algo debió darme, una pastilla, algo para dormir, porque no me di cuenta de lo que me hizo. En la mañana me desperté con mucho dolor y cuando fui al baño goteaba sangre. Entonces le conté a mi primo y me dijo para vengarnos; sólo le quería dar un susto y robarle su celular. El capitán José Torres escuchaba.

Alcánceme el acta para firmarla, capitán. Lo único que puedo decirle, aparte de la fecha aproximada de muerte, es que los facinerosos intentaron quemar el cuerpo antes de enterrarlo bajo el jardín; eso explica las quemaduras en la cabeza y el cabello.

Cuando el auto rojo llegó al corralón, Jorge de la Piniela, no necesitó tocar la bocina porque Marco ya le estaba abriendo la puerta. Apenas terminó de aparcar, Marco se acercó y se sentó en el asiento delantero y Jorge le preguntaba tanto me extrañas que a estas horas de la mañana me llamas y tanto te extraño y pienso en ti todo el tiempo que apenas me llamas vengo volando, y le agarraba todo el cuerpo, sintiendo las hormonas correr más rápido entre sus venas.

Entonces fue que mi primo Esteban se acercó por atrás y le puso la bolsa plástica y apretamos

tanto, hasta que vimos que no podía moverse. Nos asustamos; no sabíamos qué hacer. Mi primo me dijo parece que está muerto, mejor desaparecemos el cadáver, y lo metimos boca abajo en un cilindro, le echamos gasolina que sacamos del carro y le prendimos fuego. Algunos vecinos protestaron por el humo y el olor a quemado. Entonces lo apagamos y lo enterramos en el jardín.

Para llegar a conocer la identidad del muertito le recomiendo que le hagan todos los exámenes, incluidos los del cabello y de ADN. Y por favor llévenme a la oficina forense, que el trabajo es de nunca acabar, reclamó el médico legista.

Cuando sintió la bolsa encima de la cabeza pensó que se trataba de una broma, pero cuando el aire se le hacía más escaso comprendió, con sus conocimientos de médico, que hasta allí nomás le alcanzaba la vida. La última imagen que tuvo fue de niño, cuando su madre le compró un algodón dulce, para calmarle el llanto, y el deseo de una muñeca parecida a la de sus tres hermanas.

La prensa sigue diciendo que el doctor ha sido secuestrado por los terroristas, pensó el capitán José Torres. De no haber sido por los vecinos que nos avisaron que en este corralón se estaban desmantelando autos, nunca hubiéramos sabido que aquí mataron al doctor.

Con todo el dolor de madre por la pérdida del hijo, mirando los noticieros de la televisión, los pormenores que los diarios mencionaban de las declaraciones de los menores de edad, la madre del doctor reunió a sus tres hijas y les dijo: —Nunca se olviden de que a su santo hermano, que Dios lo tenga en su gloria, lo secuestraron los terroristas. Solamente nos queda esperar que nos pidan la recompensa.

© David Arce