sábado, 6 de agosto de 2011

La visita / por David Arce

Sonia irrumpió en mi casa desparramando risas y alegría a borbotones. Llevaba tras de sí una retahíla infinita de bártulos y cachivaches: cajas con plátanos verdes, frutas exóticas de la selva, más cajas con cecina y rosquitas de almidón de yuca, siete gallinas amarradas por las patas y que eran jaladas por un niño panzón, un pavo real, azul brillante con el cuello enroscado alrededor del buche que miraba por un solo ojo, como si hubiera sufrido una fractura del pescuezo, un cerdo flaco con pestañas rubias largas que caminaba como si continuara amarrado, una lora llamada Aurora y un mono tití llamado Pedro. Volviéndose hacia mí, sin parar de sonreír, me dijo: Tiíto querido, me da mucho gusto verte, después de tanto tiempo, y tú que habrás pensado que nunca íbamos a cumplir la promesa de visitarte, pues aquí está tu sobrina más querida y estos son mis hijos, señalándome al niño panzón de las gallinas y a otros tres que parecían de su misma edad, todos con la barriga prominente.

Rápidamente se instaló y distribuyó sus cosas como si conociera cada rincón de mi casa, quedando al final, todo en su lugar exacto, sin darme tiempo todavía a recordar esta nueva familia extensa. La única habitación a la que no entraron fue a mi dormitorio. Hurgué entre las telarañas de mis recuerdos, alguna evocación de mis padres o de los abuelos y no encontré ninguna referencia a familia procedente de la selva del Huallaga.

Como no me producían ninguna molestia, los acepté en mi casa para que pasaran el verano. Sonia se apoderó de la habitación de mi madre, que Dios la tenga en su gloria y sus hijos se apoderaron de las dos habitaciones para huéspedes. Aurora la lora, se trepó a la lámpara de la sala y de allí no se movió, sólo bajaba a comer el choclo que le dejaba Sonia todas las mañanas y a beber el agua limpia de todos los días. Sonia arrimó la mesa de centro a un costado para evitar que la lora siguiera cagándose encima de los girasoles artificiales y tuvo que limpiar todos los días el piso, en el cual quedaba una mancha verde y perfumada. Pedro el mono, se escondió debajo de la parra del tragaluz y nunca más lo volví a ver.

No pasaron ni cuatro días y llegó otra sobrina desconocida, con cuatro niñas y varias cajas con más comida y ropa. Una de las niñas, la mayor traía sobre el hombro derecho una iguana verde, lo cual le hacía caminar con la cabeza inclinada hacia el lado izquierdo. Yo me llamo Miriam y soy hermana de Sonia, tiíto, me dijo la recién llegada, y para no incomodarte tío, nosotras vamos a dormir todas juntitas en la sala.

Desde entonces, cada mañana, antes de salir a mis caminatas por la playa, yo tenía que sortear varios cuerpos que luchaban entre sus sueños, cuidando de no pisarlos. Hasta entonces no modificaba mi rutina, caminaba una hora por la playa, recogía algunos objetos interesantes varados por las olas y luego subía al muelle a comprar un pescado y tomar un café caliente donde Juanito, en Barranco. Después de mis caminatas matutinas leía en mi cuarto hasta antes del mediodía, hora en la que me preparaba mi pescado para el almuerzo. En las tardes me sentaba en el parque, en la banca frente a la iglesia y miraba la gente pasar.

Cuatro días después de que llegó Sullana, mis hábitos se trastornaron por completo y hasta se invirtió mi ritmo diario del sueño: las niñas jugaban en mi cuarto, se metían a mi baño mientras yo me duchaba y revolvían entre mis cosas buscando algo que las sorprendiera.

Luego sucedió que ya no caminé por la playa, y en vez de mi pescado diario, empecé a comer la cecina de chancho de la selva y los plátanos verdes fritos que tanto me gustaron. De vez en cuando compraba pescado para todos. Un día hasta me olvidé de ir a cobrar mi pensión de maestro jubilado.

En las noches en que me quedaba despierto escuchando las luchas de las niñas y los ronquidos de la madre, recordaba a mi madre que me decía: hijo mío, cuando vayas de visita no te quedes mucho tiempo, porque sucede igual que con lo muertos, a los tres días empiezan a apestar y te ponen mala cara, al principio te tratan bien porque no te han visto durante mucho tiempo, pero cuando empieza a escasear la comida y a ponerse las cosas peliagudas, es cuando te ponen mala cara. Recordando estas cosas podía soportar la visita de estas personas extrañas y el cambio de mi rutina diaria, sin molestarme ni decirles nada.

Huachipa por Eva Lewitus


Sonia y Miriam eran magníficas amas de casa, limpiaban y ordenaban todo, a veces lo ordenaban tan bien que yo no encontraba dónde estaban mis cosas. Tenían a los niños muy peinaditos y limpios, el piso de la sala reluciente, y a la cocina ya no me dejaban entrar más. Miriam me dijo: muy bonito tu cuarto tiíto, y muy rica tu cama, nunca he dormido en una cama tan grande tiíto. Y yo para complacer a ella y a las niñas, las dejé probar mi cuarto y mi cama. Y me dije, por una noche bien vale la pena soportar dormir en la sala sabiendo que Sullana y las niñas disfrutarían de una noche muy cómoda.

Y esa noche, la primera noche, que dormí en la sala, tuve pesadillas, como malos presentimientos. Prendí una luz y me puse a leer una revista ante los ojos abiertos de Aurora, la lora.

A la mañana siguiente salí a dar un paseo por la playa y al regresar, el colchón donde yo había dormido ya estaba recogido y la lora dormida. Y no sé qué sucedió entre Sonia y Miriam que noté un trato diferente de ellas hacia mí. Ya no me decían tiíto, sírvete este plato con yucas. Solamente estaban serias y con gesto adusto. Me ofrecieron una taza con voz áspera: sírvete tío este café. Por eso no quise pedirle mi cama aquel día. Y seguí durmiendo en la sala. Aunque en realidad no dormía, me quedaba despierto mirando a Aurora la lora, que me gritaba sin mover su boca: duérmete calvo.

No sé qué tramaban estas sobrinas extrañas, mi dinero desaparecía de la billetera, mis llaves que siempre las colgaba junto a la puerta aparecían junto a la parra, y un día llegaron al colmo de querer confundirme porque empezaron a vestirse igual, con el mismo peinado y el mismo maquillaje. De la misma manera empezaron a vestir a las cuatro niñas y a los cuatro niños.

Fue entonces que durante la noche pensé en una forma de decirles que se vayan de mi casa sin herir susceptibilidades ni echarlas por la fuerza porque estas extrañas sobrinas no daban ningún indicio de querer regresar a su tierra y ya se manejaban como si fueran dueñas y señoras de mi casa. Aquella noche decidí que por la mañana les diría, de manera cordial, que quería volver a vivir solo y que les agradecía todas sus atenciones.

Y ni bien regresé de la playa y mientras tomaba el desayuno, carraspeé un poco, aclarando mi garganta para empezar a hablar, para que no quedaran dudas de lo que iba a decir… Fue en ese entonces que Sonia, me miró seria y me dijo con una voz suave y musical: “Disculpa querido tío la pregunta, no queremos importunarte, pero como ya llevas mucho tiempo, queríamos preguntarte hasta cuándo te vas a quedar de visita con nosotras, porque no es muy bueno que te quedes durmiendo tanto tiempo en nuestra sala”.

No dije nada. Sentí una inmensa cólera crecer como espuma por mis venas. Qué tal raza, me dije, ahora estas desconocidas se quieren quedar con mi casa y me quieren echar de ella.

Pero no fue necesario decir ni hacer nada, porque en ese momento Miriam, a quien no sé por qué motivo algunas veces me gustaba nombrarla Sullana, me dijo: Mira papá, ya estamos hartas de tu jueguito. Sonia y yo somos tus hijas y tú solamente tienes una nieta y un nieto, que son nuestros respectivos hijos. Y esa mujer, a quien ignoras por completo y que está sentada allí en esa poltrona, que te cuida, te habla y te protege todos los días, es nuestra madre y tu esposa Sullana.

© David Arce.

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