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Chola hecha en Cerámica ubicada en uno de los jardines de la Plaza Central de Chulucanas.

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lunes, 5 de diciembre de 2011

Cuando la jaula vuelva a subir / por Aníbal Ramón Morixe


-Hubo derrumbe, Santiaga- le había dicho el hombre que la había ido a buscar a la plaza. 
Ahora hace horas que ella está apoyada contra la valla de alambre, a metros del túnel de entrada a la mina. No lleva la cuenta de las veces que la jaula elevadora bajó a las galerías para sacar materiales del derrumbe. Pero su Antonio todavía sigue abajo. Se pone en puntas de pie y se estira como hizo durante todo el día para ver entre los hombres que tiene adelante. Los bizcochos de grasa y la limonada, lo poco que pudo agarrar cuando la fueron a buscar, a esta hora ya le pesan como si fueran piedras. Cuando la traía, el hombre de la camioneta le contó que el derrumbe había ocurrido a la madrugada, cuando el Antonio estaba en el tumbadero del último nivel. Que le habían gritado pero se había quedado quieto, como paralizado por el sorocho, el aire que envenena ahí abajo. Pero Antonio nunca se había envenenado con ningún sorocho, si cuanto más difícil era el túnel él más se sabía cuidar. Pero, como otras veces, ella no abrió la boca. Con el Antonio sí que va a hablar. Le tiene dicho hasta el cansancio que no tiene edad para seguir bajando a los frentes de carbón. Si para eso están los jóvenes. 

En la entrada del túnel, la jaula vuelve a aparecer desde las galerías. Se abre la reja y salen cuatro fantasmas que escupen y vomitan entre las piedras. Daría todo porque alguno de ellos fuera él. Ese que se agacha en el suelo o el que renguea y al que ayudan a sentarse o el que tira el casco y se acuesta en la tierra. Pero ninguno se parece a él. Santiaga respira profundo para que los latidos del pecho no vayan tan rápido. Con el sol detrás de las sierras y el aire enrarecido del laboreo se siente frío. Los cuatro mineros que subieron, hablan bajo y están fumando. Uno da vuelta a la cabeza para donde está ella y la ve. Se para y se acerca. Es el Tero, compadre del Antonio. Claro, no se lo reconoce por lo encorvado y negro que salió de la jaula. Llega al alambre de la valla. 

-Cómo va, Santiaga, ¿no me la dejan pasar? -dice. Huele a tosca y sudor. -Hola Tero -dice ella- ¿Y tu compadre? El Tero baja la cabeza y mira el suelo. -Abajo es un infierno, Santiaga -dice. 
-Siempre fue un infierno -dice ella. Como si no fuera a saber ella lo que es ahí abajo. 
-Tero, cuando bajen de nuevo, alguno dígale al Antonio que tengo los boletos para el micro. Que suba. El Tero no despega los ojos del suelo y dice que sí con la cabeza. Se separa del alambre y sin mirarla vuelve para el túnel. -Nos vemos, Tero -le grita ella. Pero él ya no la oye. 

Los mineros deambulan entre las ruedas de carro dobladas, maderas, bolsas con vaya a saber qué, palas quebradas, un zapato sin los cordones. Los de Antonio hay que arreglarlos. Mañana van a ir los dos juntos al almacén para cambiar picantes por clavos. Hay que clavarles las suelas. No pueden irse al mar con los zapatos de él así. 

Palpa en el bolso la limonada que tiene hecha con los limones del valle, como a él le gusta. Con la sed que le debe de dar al estar ahí abajo tragando quien sabe qué polvos. Seguro que pensando en ella. Y se va a tener que curar los callos porque también queda feo que lo vean con esos pies por la arena. Y qué pantalones va a llevar. Tienen que ser los de la feria. 

Ahora tres hombres de los que andan cerca de los escombros se cuelgan las sogas de la cintura. La miran y levantan las manos saludándola. A ella se le cierra la garganta. Tiene los brazos acalambrados contra el bolso. La cabeza le pesa como si se la aplastara la montaña. Hace un esfuerzo y responde el saludo, pero los tres hombres ya desaparecieron en el túnel. 

Después que el Antonio suba, cuando hayan vuelto a la casa y él se haya lavado, como seguro se va a dormir sobre la mesa de la cocina sin probar bocado, ella se va a quedar a su lado mirándole la cara, viendo si las marcas que tiene son nuevas o las mismas de siempre. 

Ahora es de noche. El encargado prende la única bombita de luz en la boca del túnel. El laboreo está mudo. Los mineros que quedaron arriba se levantan del suelo, recogen las escaleras, las cuerdas y, arrastrándolas, caminan hacia los galpones. ¿Por qué se van, si él está todavía abajo? Y subir sí que va a subir, porque si no lo suben ellos, se mete ella en el túnel y baja a donde sea para traérselo. Con esa luna que sale ahora ahí atrás, cuánto tiene para decirle. Tiene que entender que ya no tiene edad para bajar a las galerías. El encargado de la jaula, el único que se ve en la luz de la entrada al túnel, mira para donde está ella, pero no la ve. Ella se separa del alambre y se sienta en la tierra fría. El rocío helado le llega hasta los huesos. Abre la bolsa y saca un bizcocho húmedo para aliviarse el nudo del estómago. Uno solo. Los demás son para Antonio, cuando la jaula vuelva a subir.


Foto: Eva Lewitus.



Autor del Cuento: Aníbal Ramón Morixe. Primer Premio del I Concurso de Microrrelatos Mineros Manuel Nevado Madrid convocado por la Fundación Juan Muñiz Zapico el 2 de setiembre de 2004.
http://www.fundacionjuanmunizzapico.org/ConcursoManuelNevadoMadrid/2004_2.htm#txt1

lunes, 7 de noviembre de 2011

El retorno de los Domingos / por David Arce


Aunque en realidad nadie vio a los seis hermanos Domingo, —aquella tarde de sol ardiente, aire detenido y silencio espeso—, caminar lento, vestidos como limeños, como si fueran extranjeros, por la antigua calle Huánuco que conducía hasta el Estadio Miguel García Esteves, yendo al cementerio de la Divina Misericordia de Chulucanas y aunque las puertas de las casas se mantuvieran abiertas, los dueños durmiendo en las hamacas y los perros viringos bostezando a la sombra de los algarrobos, Matilde Coco se dio maña para divulgar a medio mundo que los seis hermanos Domingo Seminario habían regresado a Chulucanas la víspera del día de Todos los Santos. Fíjate comadrita, parece como si nunca hubieran nacido aquí, ya no hablan cantando, parece que fueran de Lima, y tres de ellos hasta hablan como si fueran gringos, más bien el menor habla como el chino negro. ¡Ay! Y ahora qué irán a decir cuando se enteren de que la María Candela, su cuñada, es puta, y encima, la casa que con sus propias manos construyó su difunto hermano, Domingo Seminario, que Diosito lo tenga en su santa gloria —persignándose—, ahora salgan enterándose de que es un prostíbulo famoso.

El mismo día antes de dirigirse al cementerio, los seis hermanos llegaron por la madrugada a la Casa de los Cachorros, abrazaron tiernamente a María Candela, y con una sola mirada alrededor se dieron cuenta del nuevo negocio de la casa-huerta de su difunto hermano. Ninguno de ellos le reclamó nada. Y ella toda avergonzada les decía a las moradoras que despidieran a los clientes y que dispusieran seis de las habitaciones para los señores y siéntanse cómodos, están en su casa, pueden bañarse allá en ese cuartito de tablas, jalan una pita y cae un chorro de agua desde un cilindro que está arriba de esos horcones. El menor de los Domingos, el que hablaba como el chino negro, le dijo, no tengas vergüenza María Candela, todos nosotros conocemos por todo lo que has pasado y a lo que te estás dedicando y eso no quita que sigas siendo nuestra cuñada y que te sigamos queriendo. Los demás hermanos asentían a todo lo que decía el menor. Hemos viajado desde muy lejos y nos da mucho gusto regresar después de ocho años al pueblo que nos vio nacer. Si supieras las proezas que tengo que hacer para agenciarme los ingredientes para preparar un rico cebiche en Madrid, allá al culantro le dicen cilantro, no tienen cebollas criollas, solamente unas blancas enormes, no tienen nuestra variedad de ajíes, apenas tienen unos que pican un poquito que les dicen guindillas y encima los venden secos, a las papas, patatas, y ninguna de las cosas tiene el sabor de nuestra tierra. ¡Ah! Me olvidaba, nosotros no vivimos juntos, Domingo, mejor dicho mi segundo hermano, vive al otro lado del mundo, en una ciudad llamada Sidney, el tercero vive en Nueva York, el cuarto vive en Moscú, el quinto vive en Pretoria, al sur de África y si no te has dado cuenta nuestro hermanito menor vive en Kobe, una ciudad de Japón. Todos estamos solteros, todavía. Y aunque vivimos lejos, nos escribimos y nos hemos puesto de acuerdo para visitar las tumbas de nuestra madre Doralisa Seminario y de nuestro hermano Domingo y para realizar planes para hacerles un mausoleo, aunque sabemos que con los trámites burocráticos eso de desenterrarlos y volverlos a enterrar demorará demasiado. María Candela no les dijo nada y apuntó sus direcciones para escribirles alguna carta.

Dicen que locos de furia han derrumbado toda la Casa de los Cachorros, que no han dejado piedra sobre piedra, mejor dicho adobe sobre adobe, que han sacado calatas a todas las moradoras y que entre todos los hermanos les han propinado tremenda paliza a los clientes que se quedaron durmiendo la borrachera. Y a la pobre María Candela la han llevado al río y la han montado sobre un burro en dirección a Piura. Dicen que a todos los hermanos les salían chispas por los ojos, y que han prendido fuego a toda la casa. Menos mal que no ha muerto ningún cristiano y los policías dicen que no quieren ni meterse porque tienen miedo de que les incendien su comisaría. Cómo será comadrita, la gente dice tantas cosas que por algo las dice, lo que es yo, no agrego ni quito nada. Dicen que todos los hermanos están viviendo en Lima.

Los seis Domingos se persignaron a la entrada del cementerio de la Divina Misericordia y entre tantos Cuarteles llenos de nichos que parecían colmenas de cemento y que habían brotado como mala hierba no supieron cómo encontrar la tumba de su madre ni la de su hermano, que en realidad estaban juntas. El menor dijo allá donde está la fosa común, dieciocho pasos a la derecha, allí están las tumbas. Realizaron el recorrido indicado sin resultados, hasta que a aquel venido de Pretoria se le ocurrió preguntarle al cuidador del cementerio.

El viejecito, caminando lento, los llevó nuevamente cerca a la entrada del cementerio junto a la tumba de la Turquita y les señaló un hermoso mausoleo, donde estaba esculpida, en una sola pieza de mármol de Carrara, una réplica casi exacta de La Piedad, de Miguel Ángel, con la diferencia de que la cara de la virgen era idéntica a la de Doralisa Seminario y el Cristo representado era la imagen eterna de su hermano mayor. Y en una cinta que cruzaba el pecho de la Virgen, podía leerse: «Eugenio Primero, hijo del sol, lo hizo». Los seis hermanos prorrumpieron en llanto incontenible. El anciano al escuchar la forma de hablar de los extraños y ver la ropa fina que ostentaban, pensando en ganarse una propina, les dijo: Doña María Candela mandó construir este mausoleo, es el más bonito de Chulucanas, y yo me encargo de mantenerlo limpio y de cambiarle las flores todos los días.

Ahora resulta que era mentira que habían quemado la Casa de los Cachorros. Dicen que María Candela regresó y convenció a los pobres muchachos aprovechando a las pespitas de las moradoras que tiene como empleadas. Creo que los embrujó, seguro que les dio de beber chicha con muñeco. Dicen que los alojó en la misma casa que construyó el difunto y que cada día les enviaba una moradora diferente para que durmiera con ellos. Contrataron durante cuatro días a Osquitar el guitarrista jorobado, hicieron bajar las banderas blancas a todos los chicheríos de Chulucanas y ni siquiera quedó el rico clarito. Al final, solteros que llegaron, cada uno se llevó a una moradora para casarse con ella, completamente enamorados. El día primero de noviembre, Día de Todos los Santos, no dejaron ningún angelito en la panadería de Digna Albán ni en la de Manongo Esteves, y pareciera que también anduvieron por Huancabamba o por Ayabaca, porque desde allá trajeron bocadillos, tapas de membrillo, alfeñiques, gofios, bombas, turrones y toda clase de pasteles pequeñitos para regalarles a los niños.

El día de Todos los Santos los seis Domingos recorrieron las polvorientas calles de Chulucanas mirando las mesas delante de las casas, cubiertas con mantel blanco y con todos los pastelitos del mundo en miniatura, dispuestos para que los niños los tomaran gratis. Recordaron su niñez, cuando caminaban buscando las casas donde había muerto un parvulito, iban premunidos de sus bolsas para competir quién juntaba más angelitos, como les llamaban a aquellos dulces en miniatura. Luego iban a la salida para Yapatera y cerca a la calle que llevaba al cementerio miraban bajar de las carretas a aquellas madres de luto provenientes del campo para llenar el cementerio durante las velaciones de Todos los Santos, y que buscaban entre todos los niños que, sentados sin hacer ruido, con la cara más triste, peinados con goma de zapote, lustrada la camisa y con los pies limpios, esperaban que aquellas madres huérfanas los escogieran y colmaran de regalos. Las madres sustitutas por un día acariciaban la cabeza de aquel niño que se parecía en edad y en carita al parvulito muerto, tendían un mantel blanco y extendían los angelitos compartiendo miel de palo y los dulces mientras como una letanía les iban hablando y reclamando, como si estuvieran vivos aquellos hijos que perdieron. Estas escenas se repetían en casi todo el cementerio. Domingo Seminario se burló de su hermanito menor cuando fue escogido por una señora muy vieja llegada de Yamango y que parecía que hablaba quechua. Al final el hermano menor regresó a su casa con cuatro alforjas de angelitos.

Esa misma noche, los seis hermanos se confundieron entre todos los concurrentes al cementerio, olieron los aromas de las comidas que las vivanderas agitaban al paso de los transeúntes, compraron velas, coronas, y se pasaron toda la noche velando delante del mausoleo de su madre y de su hermano.

Al día siguiente, dos de noviembre, Día de los Muertos, María Candela los esperó con un suculento desayuno y pan de roscas de muerto engarzadas en cañas de azúcar. Y finalmente, al cuarto día se despidieron de María Candela, cada uno con su nuevo amor, con la esperanza de regresar juntos para las siguientes velaciones.


©David Arce




El retrato de mamá / por David Arce

— ¡No me gusta que me engañes! —reclamó Papucho—. No hay ningún pececito de colores.

—Nunca te he engañado, Papucho, te juro que en este río había muchos peces de todos los colores —dijo el hermanito mayor—. Ya te dije que había amarillos como el sol, azules como el cielo, verdes como las plantas, rojos como los labios de mamá…

—Y como su salivita de Mamita —interrumpió Papucho.

—Ahora está todo contaminado; mejor vamos a chupar las hojas gordas de esas plantas junto al cerrito rojo.

—Rojo como la salivita de Mamita —volvió a decir Papucho.

—Mira, Papucho, en esta tabla y con estas tierritas de colores vamos a dibujar la cara de Mamita.

—Yo quiero pintar primero sus labios rojos, como su salivita —dijo alegrándose Papucho.

—Y yo sus párpados moraditos que tanto me gustaban —señaló el hermanito mayor mezclando las tierras.

—Estaba pálida la última vez que la vimos. ¿Le pintamos la cara de blanco? —preguntó Papucho, sabio en colores, insuflando el pecho.

—Mira, así tenía su cuello largo, largo, y le gustaba su vestido azul, rojo y negro.

— ¿Y qué hacemos con esta tierra amarilla? —preguntó Papucho.

— ¡Se la pintamos alrededor de toda su cara, para que resplandezca como el sol! —agregó el hermanito mayor.

— ¿La cargamos hasta el mar? —preguntó Papucho, tratando de levantar la tabla.

—No, Papucho; esta tabla la dejamos acá. Ya nos falta poco. Nunca te olvides de que Mamita está aquí adentrito de nuestros corazones y ya te he dicho muchas veces que cuando quieras volver a verla, basta con cerrar los ojos y la verás resplandecer dándote un beso en la frente.

© David Arce

Retrato de Elvira Miró Quesada, 1954 por Sérvulo Gutierrez

viernes, 4 de noviembre de 2011

No te olvides del Mantaro / por David Arce

—Bájate un ratito, Papucho, y descansemos bajo este árbol —dijo el hermanito mayor.

— ¡Tengo sed! —exclamó Papucho.

—Espérate que ya estamos cerca del río.

— ¿Así como el Mantaro que contaba Mamita? —preguntó Papucho.

—No, más chiquito. El Mantaro es un río grande, así de grande —dijo el hermanito mayor extendiendo ambos brazos, como queriendo abarcar algo enorme.

—Cuéntame del Mantaro —pidió Papucho, apartando unas hojas secas, haciendo un claro para sentarse en el suelo.

—Cuando Mamita terminó de regalar el pan se quedó sentada junto a la ventanilla y el tronar del tren le indicó que estaba partiendo. Entonces vio cómo se iban haciendo chiquitas las casas del pueblo, y las chacras se veían como dibujadas con diferentes colores de verde, así como te he enseñado que son el cuadrado, el triángulo y el rectángulo, así se veían las chacras. Luego todo se hizo oscuro y es que el tren entra por en medio de la montaña, los Andes. No te olvides, Papucho: así se llaman esos cerros que son de pura piedra.

—¿Y cómo es que pueden entrar por allí? ¿Acaso tienen huecos? —preguntó Papucho.

—No, es que la gente, mucha gente empezó a hacer un paso para el tren a través de la montaña. Eso se llama túnel. Y cuando terminaron de pasar el túnel, Mamita miró con emoción las hermosas retamas amarilleando en flor y las rojas cantutas. No te olvides, Papucho, de que la cantuta es la flor nacional del Perú. Las nubes se coloreaban de sol de la tarde y, a través de la ventana llenita de gotas de lluvia, Mamita vio un árbol de capulí y se quedó dormida. Me dijo que esa tarde tuvo un sueño en el que soñó con nosotros.

© David Arce

Foto: Eva Lewitus

martes, 1 de noviembre de 2011

CARTA ABIERTA / por José Luis Yamunaqué

CERÁMICA DE CHULUCANAS

Necesaria revalorización y difusión

Sr. Martin G. Azabache Villavicencio.

Director Ejecutivo de CITE cerámica.

Estimado Señor:

En mi reciente visita que realicé al Centro de Innovación Tecnológica de la Cerámica (CITE) tuve la oportunidad de conversar con Ud., brevemente, acerca de los nuevos proyectos del CITE cerámica en bien del desarrollo de la cerámica de Chulucanas.

Al respecto le manifestaré que siempre me he mantenido informado a través de la prensa, por amigos y por mis visitas personales a mi querida tierra. Razón por la cual me atrevo hacer el siguiente comentario como ceramista instructor:

1.- Es lamentable que a pesar de haber transcurrido 30 años de una constante producción artesanal y demanda internacional de su cerámica los artesanos continúan viviendo en un estado crítico de pobreza.

2.- Los bajísimos precios de sus actuales trabajos elaborados con técnicas especiales como es la aplicación de engobes, bruñido negativo positivo, pulido, etc.; técnicas que demandan muchas horas de paciente y agotador trabajo, no justifican dicho esfuerzo.

3.- En lo artístico, sin lugar a dudas, se puede apreciar un decaimiento, ejemplo es difícil poder encontrar obras de un gran contenido artístico como las que elaboraron en los años 80 y 90 donde la creatividad en el diseño, forma y color se fusionaban, frutos del más puro sentimiento, pasión y amor por su trabajo.

4.- En lo técnico (negativo positivo) se está utilizando pinturas al frio, lo que va en desmedro de los ceramistas que trabajan con la verdadera técnica del negativo positivo lo que contribuye a los bajos precios de sus productos.

5.- Las temperaturas de cocción que utilizan actualmente son demasiado bajas, de 700 a 800 grados centígrados, lo que ocasiona una obra sumamente frágil; limitando su utilización solo a una cerámica ornamental y, por lo tanto, en desventaja ante la cerámica que producen en otros países.

ALTERNATIVAS:

A.- Revalorar el aporte original de la cultura Vicús a la actual cerámica contemporánea del mundo:

1.- La técnica de la paleta y piedra.- Esta técnica se debe conservar porque supera tanto en cantidad y calidad a la técnica del torno impuesta por la invasión española. Un buen maestro alfarero fácilmente puede llegar a producir 100 vasijas terminadas por día. Con la técnica de la paleta y piedra se lograr desarrollar la llamada cerámica " cáscara de huevo" lo que difícilmente se podría lograr con el torno eléctrico o a pedal.

Solicitar al gobierno una política del Estado de promoción de la técnica de los Vicús en nuestro país y en el extranjero mediante videos, charlas, simposios o realizando demostraciones; que, sin lugar a dudas, causarían admiración, aprecio y respeto. Puesto que la técnica del torno se conoce en todos los países del mundo; mas no así, el aporte Vicús.

2.- La técnica de los silbatos.- En la actualidad no se está aplicando en sus trabajos a pesar de su belleza y múltiples beneficios. Los vasos silbadores de los Vicús, al echarles agua a sus recipientes, emiten sonidos de aves y animales. Dichos vasos silbadores son conocidos en el mundo únicamente por una elite intelectual. Esta técnica innovaría la actual producción de los ceramistas chulucanenses y serviría para difundirla en la población.

3.- La técnica del negativo positivo.- Es una técnica netamente ornamental, con la que se puede lograr trabajos de gran calidad artística como los hicieron los maestros Vicús. También tendría que conservarla sobre todo con ceramistas educados, hábiles y talentosos ya que solo así podrían brindarle el verdadero valor en lo cultural, artístico y económico.

Sin embargo, tratándose de una técnica que pone en riesgo la salud y al medio ambiente, habría que buscar opciones; como la aplicación de engobes marrones o grises oscuros complementados con ligeras y tenues reducciones.

B.- Buscar alternativas de otras técnicas nativas:

Las texturas de la cerámica Chavín de Huántar.

La policromía y formas de la cerámica Nazca.

La elegancia de los vasos Chancay con sus engobes texturados.

Las líneas encisas llenas de color de la cerámica Paracas.

C.- Nuevos diseños.-La búsqueda de nuevos diseños estaría en su diversidad de aves, frutos y escenas costumbristas de la Región. Aplicando una estilización sobria, práctica y moderna.

D.- Cocción.- Aplicar temperaturas que vayan de los 1100 grados a 1200 grados centígrados, con lo cual se podría elaborar una cerámica utilitaria e incluso entrar al campo de la producción de una cerámica para pisos, murales, losetas para cocina, paredes o puertas.

E.- Seleccionar o adiestrar a unos diez ceramistas -los más destacados de 20 a 30 años- con los que se proyectarían diversas exposiciones itinerantes sobre cerámica en provincias, en la capital o extranjero para tratar de despertar un nuevo interés en lo cultural, histórico y económico de nuestra cerámica.

F.- Solicitar a las ONG que así como apoyan comprando sus trabajos o dictando cursos de comercialización u otros temas; también deberían apoyar con cursos elementales de educación cívica, cultura, historia del arte, dibujo artístico, etc.

Para concluir, Señor Director, solo me queda expresarle mi felicitación y éxitos en los cambios y proyectos del CITE cerámica y, a su vez, manifestarle mi disposición a colaborar por el desarrollo de la cerámica de Chulucanas y de nuestra patria, el Perú.

Yamunaqué, José Luis.

fyamunaque@verizon.net

miércoles, 26 de octubre de 2011

Un Ángel llamado Eva / por Jack Farfán Cedrón


U

na atmósfera de situaciones fantásticas recorre el nudo conductor de estos simples relatos, que bien puede paladear un niño como un adulto en retiro. La veta luminosa del mágico-realismo diseminada por David Arce en su primera novela-cuentario, La casa de los cachorros, ya desplegaba esa herencia de un mundo aparte, macondiano, sucedido en la ruralidad norteña de Chulucanas.

Esta vez, Eva, una extraña mujer de origen checo, amante de las mariposas y los sueños atrapados en ese cuento en reposo que es la fotografía, recorre el hálito emplumado de la trama de relatos, sueltos por la sola evocación de las variaciones intermedias con que una obra enfrenta los comienzos abiertos, ficticios. Mientras afuera, hacia el lector creado, el cese del viento no amaina; amenaza con entrar un ángel que ha vencido la timidez y ha planeado interponerse entre un médico atareado con las procelosas responsabilidades laborales metropolitanas de Lima, la horrible, y la duende de sus inspiraciones, Eva. Pero, entre la niebla que retorna puertas, patios con gentes esparcidas, el sesgo de un soplo narrativo trae personajes que levantan el velo fantástico, de objetos que cierran el paso estremecedor a toques gravitantes en que sacarle el jugo fantástico a la trama narrativa es tarea de noctámbulos al acecho de historias pequeñas, viñetas, y hasta el desliz de una tierna despedida, como augurando el proceso extinto de las personas queridas, el último cierre de recuerdos mejores, tras las quietas fijezas dibujando en sus niñas al amigo que se queda a buen recaudo de la memoria nuestra, cuando las visiones se van y queda una risa extinta.

Cuentos para Eva, de David Arce, es el acercamiento memorial de los pequeños mundos vividos justamente para anular fronteras entre buenos amigos; sernos tan cercanos entre los hombres más distanciados por la tecnología y las diferencias mundanas, como los personajes de toda literatura que merece vivirse, saborearse con una sutil y agridulce fantasmagoría, mientras se lee como un mapa personal del cuerpo, la historia que pudo haberse soñado para un dios-narrador que jamás olvidaremos.

Jack Farfán Cedrón,

15 de marzo de 2011

martes, 25 de octubre de 2011

La muerte viene dulce, como la chicha

A pesar del reumatismo y del dolor de rodillas y de todas las coyunturas, la abuela Mercedes, desde comienzos de año, pensaba entusiasmada en la celebración de su cumpleaños número setenta y tres y se lo participaba a su vecina y comadre doña Doralisa Seminario, con quien no paraba de hablar por horas, desde que caía el sol y se refrescaba un poco la tarde, hasta muy entrada la noche en que, asustadas por el ulular de las lechuzas, recogían las perezosas, se persignaban y se decían hasta mañana comadrita. Así estuvieron todas las noches de ese verano seco, sin lluvias, rogando que lloviera para que no fuera otro año como los anteriores. San José nunca nos abandona, siempre llueve para el 19 de marzo, por lo menos una pasadita de nubes. Sí pues vecina, ya es tiempo de que el Señor se apiade de nosotros.

Desde su matrimonio con Alejandro Valdivieso, este, amante de las fiestas, bailes y jolgorios, no dejó pasar ningún cumpleaños por celebrar, con sus siete días reglamentarios: la antevíspera, la víspera, el santo, la joroba, la recorcova, el jorobete y el andavete.

¡Y estas mujeres qué tanto hablarán todas las noches!, se quejaba don Alejandro Valdivieso, cosas de mujeres le respondían las dos a la vez, entonces manden a jugar al muchacho que se queda como embobado escuchándolas hablar, ven toma una peseta y ándate al circo Jorgito, no papá, ya fui cuatro veces y siempre repiten lo mismo. ¿Y acaso estas mujeres no repiten lo mismo?

Y ellas no le hacían caso y seguían hablando de comidas diferentes para cada día. Doralisa Seminario muchas veces dejaba pasar algunas cosas repetidas que decía la abuela Mercedes; comprendía que desde hacía varios años tenía olvidos frecuentes. Para la antevíspera haremos unos tamalitos de choclo verde, contrataremos a Osquitar el guitarrista y que él mismo se consiga una banda para bailar unas cumbias, tonderos y huaynos, decía la abuela Mercedes, y tú Doralisa, con tus dos tinajas de chicha no te va a alcanzar, será mejor que te vayas para Simbilá y te traigas diez tinajones, cuarenta jarras de barro y por allí le digo al Alejo que me consiga unos potos para servir la chicha, total él lo único que hace es ir a la chacra a dormir, flojo me ha salido este hombre. Vamos a necesitar varias manos, solas las dos no podremos atender a toda la gente que va a llenar la casa. Le dices a María Candela que venga con tu hijo, yo le diré a mi Dora, a la Chabela y a los demás. Hasta el Eugenio puede ayudarnos a desgranar los choclos y los frejolitos verdes para el pepián. Y tus otros seis hijos nos pueden echar una mano, siempre te he dicho que eres una loca al ponerles el mismo nombre a todos tus siete hijos.

Y de no haber ocurrido la desgracia de la muerte de Domingo Seminario, el hijo mayor de Doralisa Seminario, ellas habrían seguido hablando y haciendo planes para el cumpleaños de la abuela Mercedes.

Para el día de San José se vino un aguacero que nadie lo esperaba. Inundó casas, malogró las pocas plantas que quedaban en pie y el río trajo multitud de ramas, plátanos desgajados de raíz, alguna res muerta con la panza arriba y partes de una choza con un gallo cantando encima. Una semana después de la desgracia encontraron el cuerpo de Domingo, completamente hinchado, irreconocible. Y antes de que lo despanzurraran los gallinazos, lo llevaron a la pequeña morgue junto a la capilla dentro del cementerio para que don Heráclito Seminario le realizara la autopsia de ley. Los seis hermanos lo cargaron a casa, lo acomodaron en un ataúd del doble de lo normal y, sin las exequias correspondientes, lo enterraron de inmediato debido al avanzado estado de putrefacción. Esta vez no hubo las lloronas que acompañaban a los difuntos hasta su última morada, solamente una pequeña banda tocando música de pena.

Cavaron una fosa grande y ya estaban bajando el cajón cuando algunos de los presentes, asustados, llorando, pidieron que no se lo enterrara con las manos entrecruzadas, que se las soltaran y se las pusieran a los costados, si no lo hacían, el difunto se llevaría al resto de la familia. Uno de los hermanos se armó de valor, le descruzó los brazos, le estiró los dedos uno por uno y colocó los brazos a los costados sin creer mucho en esa superstición.

Aunque Doralisa Seminario llevaba puesta una mantilla negra, todos los que fueron al entierro se asombraron de que el negro azabache de su cabello hubiera dado paso al más blanco de los cabellos, casi parecido al de la abuela Mercedes. Algunos dijeron que era por la pena.

Doralisa Seminario no durmió durante los siete días que estuvo desaparecido su hijo más amado ni lo hizo hasta mucho después de que lo enterraran. Los seis hijos caminaban como sombras a su alrededor, como esperando una palabra o una orden de la madre. Lo primero que dijo fue: Domingo, alcánzame un jarro de agua. Y los seis hermanos se quedaron paralizados. No alcanzaron a distinguir el matiz de voz con que los llamaba. Y después de un momento de confusión, los seis se dirigieron a la tinaja de agua.

Varias personas, entre ellas el vendedor de sebo de culebras, le habían reclamado que por qué les colocaba de nombre Domingo a todos sus hijos, habiendo tantos nombres bonitos y tú pareces loca repitiendo el nombre en cada uno. ¿Es que no te acuerdas de que domingo era el día en que te veía en el mercado? Y ya sabes que aquí en Chulucanas todas tenemos un montón de hijos porque una nunca sabe, a veces viene una peste y te los mata a todos y te quedas más sola que alma en pena. Y además porque a mí me gusta y sanseacabó.

Y no les colocó un segundo nombre a los siete Domingos; lo que hizo fue acostumbrarlos a un matiz diferente de su voz y cada uno de los muchachos llegó a saber cuándo se dirigía a él. Por eso les pareció muy extraño cuando les pidió el jarro de agua en una forma que no le pertenecía sino al muerto. Entre ellos se gastaban bromas a solas llamándose por los apodos más inverosímiles que, por supuesto, no llegaban a oídos de la madre que decía que eso de ponerse sobrenombres era cosa de delincuentes.

Durante los tres primeros meses, Doralisa Seminario nunca salió de la casa y su cabello nunca volvió a tener el negro de antes. A fines de junio solo se asomó a la ventana cuando pasaron los Diablicos con Lencho a la cabeza y le pareció una repetición de tiempos pasados.

Se dirigió al corral, recogió los huevos más grandes, los puso en la canasta y tomó el camino de la casa de María Candela, teniendo cuidado esta vez de no pisar el asfalto, no fuera a suceder como cuando se asustó con una iguana enorme que pasó rápido por la carretera corriendo sobre sus uñas, el sol caía a plomo y el asfalto parecía melcocha, saltó descalza a la berma y desde allí miró a través de sus lágrimas cómo se derretían y desaparecían sus sandalias dentro del asfalto, mientras encima, los huevos desparramados chisporroteaban sobre la pista haciendo globitos. Cuando cruzó el río vio una garza blanca en actitud inmóvil sobre una rama caída de sauce y, al regresar, dos horas después, la vio en la misma posición. Pensó, qué extraño animal, cómo no se cansa, parece una estatua.

Para el mes de agosto se dirigió al pueblo de alfareros de Simbilá con sus seis hijos, de donde regresó con un cargamento de dieciocho tinajones, cuarenta jarras de barro, ochenta potos, y más herramientas para hacer chicha como para un mes, trajo varios guas, humaz, cedazos, cucharas de madera, maíz especial, y todo lo necesario para preparar la chicha para el cumpleaños de la abuela Mercedes.

No, mujer, este año no voy a celebrar mi cumpleaños, cómo has creído que con tanto dolor en tu corazón voy a permitir hacer bulla… alcanzó a decir la abuela Mercedes antes de que la mano de Doralisa Seminario se posara sobre sus labios. Aunque yo esté de luto, no voy a dejar que arruines tu celebración, además ya compré todo para hacer la mejor chicha de Chulucanas, como para un mes. Vas a tener un cumpleaños como nunca lo has tenido. No acepto negativas, doña Mechita.

Veinte días antes de la antevíspera, Doralisa Seminario puso a remojar cuarenta quintales de maíz pachucho, los dejó cuatro días a la sombra para que germinaran y luego los asoleó cuatro días más sobre sábanas en el corral, cuidando de espantar a las gallinas no se fueran a atragantar con ese maíz que ya no era para pollos. Ayudada por sus seis hijos colocó en el batán el maíz asoleado y lo molió como harina gruesa. Ayúdenme a cubrir los espacios libres con las callanas para que no escape el fuego, les decía Doralisa a sus seis hijos, esta es la taberna más grande que he hecho, dieciocho tinajones en dos hileras, carbón de algarrobo, del bueno. Apenas hierva el agua me avisan para echarles el pachucho y nos vamos a turnar para cuidar el fuego, quiero cocinar la harina durante dos días, luego lo venteamos con el guas y con el humaz y lo enfriamos para masticar el afrecho, menos mal que todos tenemos la dentadura intacta. Luego no se olviden de remover constantemente con «la vieja», ese palo de zapote colgado encima de los tinajones. Todas las noches vamos a probar la chichita y cuando ya esté un poquito acidita la taqueamos, o sea la colamos y la hervimos durante dos días más. Volvemos a colar la chicha verde y la colocamos en los cántaros de fermentación. Ya ven, muchachos, hacer chicha es muy fácil. A mí no me vengan con querer echarle azúcar, plátanos, muñecos o patas de res.

Y la fiesta empezó y nadie más vio a Doralisa Seminario con vida. Los seis hijos se fueron desde el 22 en la madrugada para la casa de María Candela. No podían soportar que alguien estuviera riéndose y bailando cuando ellos estaban tan tristes por la muerte del hermano amado.

Don Heráclito Seminario calculó que Doralisa había fallecido el mismo día 24 de setiembre, el día del santo de la abuela Mercedes. Algunos afirmaron que la vieron servir el clarito para la antevíspera; para la víspera le pidió a su hermana Micaela Lalaquiz que le ayudara a repartir la chicha. El día del santo alguien aseguró haberla visto por la mañana, pero ya no por la tarde. Los demás días, los concurrentes, borrachos por la chicha, la música y la comida, armaban todo tipo de escándalos. Para la joroba sacaron plátanos maduros horneados y un delicioso copús bajo tierra. La recorcova fue salpicada con seco de res y los concurrentes notaron que la chicha estaba mucho más deliciosa que al comienzo. Y ni hablar para el día del jorobete, ni el arroz con pato ni los músicos calmaron los ánimos decaídos; más bien empezaron a tocar los pasillos más tristes jamás escuchados. El día del andavete por la tarde, cuando el pequeño Jorge se acercó a sacar una jarra de chicha, se extrañó de que estuviera más dulce que en el primer día y descubrió unas enormes hormigas translúcidas del color del ámbar, que vomitaban miel dentro de la chicha. Hizo el recorrido inverso de las hormigas que iban y venían en líneas paralelas, ordenadas, por detrás de los cántaros, por los recovecos de las paredes, por el canal del desagüe para las lluvias, por la pared del dormitorio principal, por el abrevadero de los burros, por los nidos de las gallinas, rodeando el tronco del naranjo en flor, siguiendo en línea recta hasta el fondo del corral, donde estaba el cuerpo extendido de Doralisa Seminario con una bacinica en una mano y la boca abierta por donde entraban y salían las hormigas luminosas.

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