miércoles, 13 de julio de 2011

El último ataúd / por David Arce

Don Prudencio, hombre prolijo y ordenado, le dio la última capa de barniz al flamante ataúd y se retiró a prudente distancia sonriendo satisfecho. Y como las veces anteriores no pudo impedir pensar quién sería el usuario de aquella maravilla de arte apenas terminada.

Muchas veces trabajaba sobre la marcha, a pedido inmediato y después de tomar las medidas al difunto. Pero algunas veces, se animaba a trabajar en algún ataúd especial, en el cual se podía demorar muchos días y no terminarlo hasta que le pareciera perfecto. Y la casualidad del destino quiso que todas sus obras maestras, sin excepción, fueran utilizadas para personajes importantes del pueblo, primero fue el maestro más antiguo y querido, luego el primer policía llegado al pueblo y, a medida que mejoraba su destreza en los acabados de los féretros, la importancia de los personajes iba en aumento. Luego siguió el señor alcalde, y el último fue el señor Obispo.

Y aparentemente no quedaba ningún personaje más importante que el obispo, pero Don Prudencio, fiel a su manía se volcó por entero a preparar el mejor ataúd de su vida.

La mañana en que lo terminó y que le colocó en una esquina la marca imperceptible de un búho que él consideraba símbolo de sabiduría, lejos de sentirse contento, percibió una leve nostalgia que lo fue invadiendo poco a poco y que se fue incrementando con el transcurso del día.

La fatalidad quiso que para distraerse fuese a mirar las tiendas del mercado. Y allí, en una de las esquinas estaba aquella extraña gitana conocedora de destinos, que apenas pasó a su lado, lo tomó de la mano y sin pedirle nada a cambio, le soltó la más trágica noticia jamás escuchada: “tiempo es de que arregles tus afanes de esta tierra, que pronto, lo que con más esmero has trabajado te cobijará para siempre, porque tú eres la persona más importante sobre la tierra. Para ti está destinado el último ataúd”.

Don Prudencio sintió que la mano de la gitana, que le atenazaba su brazo, le iba soltando lentamente y pronto se sintió más solo que nunca, tratando de darle algún significado diferente a lo dicho por la mujer. Entonces tomó el camino de regreso a casa con el deseo irreprimible de destruir el último ataúd.

Pero apenas llegó a casa y vio la magnificencia de su obra maestra, desistió de su empresa y pensó en otras soluciones. Aquel mismo día murió un pobre hombre y él solícito, y sin esperar a que los deudos acudieran llorosos a pedir la toma de medidas, se acercó por la casa del muerto y una intensa opresión del pecho le desdibujó el rostro y le impidió la respiración: el difunto era demasiado obeso y nunca entraría en aquel ataúd. Y el ánima en que se había convertido sonrió al creer burlada la funesta maldición gitana: iría presuroso al taller a preparar gratis otro ataúd para aquel pobre hombre y con aquella estratagema, su obra maestra ya no sería su último ataúd.

Sintiendo la levedad de su ser, con el ánimo complacido, contento, mirando las tablas, los cinceles, los formones, las cintas de medir, empezó a ordenar el área de trabajo, dejando sobre otra mesa aquel último ataúd que dentro de poco ya no sería el último. Apenas empezó a serrar las maderas escuchó el llanto lastimero de una anciana, cuyo rostro, como en una bruma, le resultó conocido. El llanto y las lágrimas le impedían articular palabra a la pobre anciana, solamente señalaba el reluciente ataúd.

Poco a poco, como en otro mundo, empezó a escuchar los balbuceos de la vieja: mi hijo, mi pobre hijo, parece que no estuviera muerto.

Como traspasado por un rayo, sintiéndose empequeñecido, etéreo, reconoció de golpe aquella vieja voz. Y desde la ventanita de vidrio esmerilado, rodeado por la comodidad del tafetán, vio llorar amargamente a su madre y vio a su propia imagen diluirse entre las maderas del taller.

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